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La noche del espejo roto

No hay certeza de que la versión de nosotros que nos devolvió el 3 de diciembre de 2013 haya sido corregida.

30 de noviembre de 2014 a las 12:02 a. m.
La noche del espejo roto

¿ Saqueábamos y destruíamos? ¿Defendíamos a los comerciantes que estaban armados o devastados o desesperados? ¿Tirábamos tiros al aire? ¿Mirábamos la TV o navegábamos en Internet con un ruido en las tripas hasta bien entrada la madrugada? ¿Pusimos doble llave, traba y un mueble contra la puerta y nos fuimos a dormir? ¿O sólo nos fuimos a dormir? ¿Salimos a acompañar con gestos resueltos a los vecinos en riesgo? ¿Nos perdimos en la ciudad sin colectivos ni taxis y caminamos sin saber si íbamos a ser asaltados o castigados por sospechosos de ser asaltantes? ¿Amanecimos con una pistola en la cintura o con un pañuelo sobre la boca? ¿Volteamos una moto y la emprendimos a patadas contra sus ocupantes porque dimos por hecho que eran saqueadores? Esas preguntas nos hacíamos el miércoles 4 de diciembre cuando ya el sol, en lo alto de la tarde, alumbraba una ciudad vaciada, estremecida y dolida. Queríamos saber qué fragmento/ porción/ parte/ sector/ ¿acaso clase?/ de la sociedad integramos cada uno en la noche del martes 3 de diciembre. Hace un año, atravesamos acaso las horas más largas de zozobra de nuestra comunidad organizada. Todo estaba tan confuso que hasta es posible que uno tuviera dudas de ser uno después de haberse visto en el espejo del todo cordobés. El acuartelamiento policial deparó la abolición de las reglas de convivencia social en Córdoba, y entre los saqueos y las barricadas con fuego que armaban algunos vecinos, Córdoba vivió una de las noches más encendidas por la tenebrosa lumbre de la desventura. Lo que cada uno vivió y lo que vivimos todos no se parecía ni se parece a ninguna experiencia de las que habíamos registrado entre tantos barquinazos de nuestra historia y de nuestro devenir en el destino de habitar esta tierra y, sobre todo, esta ciudad. Nos pasaron cosas tremendas en otros momentos de la his­toria: terror, violencia, desprecio de la vida, represión clandestina, Estado asesino. Pero aquella del último diciembre fue una ciudad en condiciones casi extremas de negación de la convivencia y hasta casi de la sobrevivencia. Ni siquiera se parecía a la memoria de aquellos saqueos que acompañaron la gran debacle de la década neoliberal. Es que no estaban en juego las mismas cosas –es decir, el arrebato de la necesidad–, sino más bien hubo intenciones de robo aprovechando la ciudad desnuda, incluso matizado con sentimientos antipoliciales y obvios rasgos de sociedad fracturada, con una intensidad de la que quizá no habíamos tenido muestras tan elocuentes. Ha pasado un año y no se sabe muy bien si los cordobeses fuimos capaces de salir con algo en la mano de tamaña exaltación de la ­miseria. La Policía, cuando no sólo funge como fuerza de choque del orden establecido, se supone que es la herramienta de fuerza que tiene una sociedad para hacer valer los pactos que se plantea consigo misma (las leyes no son otra cosa que normas de convivencia). Es el recurso defensivo de todos y de cada uno. Desde aquella noche en que desapareció cuarteles adentro, la vemos constantemente en las calles: cientos y cientos de agentes están dedicados a controlar motociclistas. Si la conclusión que sacamos de aquellos días es que el gran peligro que asuela son aquellos que se desplazan en moto, es por lo menos una simplificación. O quizá una vuelta más de tuerca en la estigmatización social (ni las pieles de los saqueadores ni de los que patoteaban mo­tociclistas eran de un solo color). Entonces, le vimos la cara al fondo. No hay ninguna certeza de que esa versión de nosotros que nos devolvió el espejo de aquella noche haya sido corregida.