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La necesidad de escribir

Bajo los halagos muy tempranos, los escritores se vuelven más necios que cualquier otro conjunto de humanos. Arnaldo Pérez Wat.

25 de octubre de 2010 a las 12:01 a. m.
Arnaldo Pérez Wat (Periodista)
La necesidad de escribir

Frank Moore Colby advierte que, bajo los halagos muy tempranos, los escritores se vuelven más necios que cualquier otro conjunto de humanos. Y John Dos Passos sugiere que tendría que haber un apartado especial en el infierno, donde se los obligara a leer sus propias obras. Viene al caso aquel escritor de comedias que murió y se encontró en un resplandeciente salón. Apareció Gabriel, con un magnífico manto y le dijo:–Hemos chequeado su vida. Aquí está el dictamen. Ya le adjudicamos el lugar que le toca. Mientras tanto, si no es mucho pedir, cuéntenos el mejor chiste que haya hecho.–Es que yo merezco estar en el paraíso –objetó.–¡Muy bueno, muy bueno! Enseguida lo ubican.Hay tres dificultades para el escritor: escribir algo potable, encontrar un editor honesto y hallar un lector sensible. Conseguido esto, se cae en la cuenta de que un escritor es más admirado no tanto por los que lo leen, sino por lo que escucha que se dice de él.Para ciertos autores, escribir es un placer, en especial si no tienen nada que decir. Tal desfase suele darse cuando se escribe por necesidad. Pero aquí nos referimos al que escribe por una necesidad interior, que a veces llega a ser una cruz.Es muy triste haber desarrollado en uno facultades para exponer y no hallar a nadie que lo reconozca; y con la seguridad de que más tarde, cuando haya muerto, existirán seres que desearán estudiar y comprender la obra. Cuando más original, único o particular sea el espíritu del escritor, sus trabajos serán grandes creaciones, pero siempre necesitará un público.Es más terrible aun cuando el autor necesita escapar de una realidad que lo deprime y necesita comunicarla como liberación. Podrá objetarse que para eso está el analista o el psiquiatra. Pero esa terapia es reciente. Henri F. Amiel se evadió en un diario íntimo, publicado en dos volúmenes tras su muerte. Lo redactó a manera de autodisciplina moral e intelectual que se convirtió en una forma de evasión de la timidez enfermiza y la insatisfacción espiritual, que lo dominaron siempre.Eugenio O'Neill no tenía esos problemas. Experimentó en vida la satisfacción del éxito de sus brillantes obras de teatro, pero guardaba en lo más íntimo un dolor que no expuso en el diván. Necesitaba una oreja, como suele decirse ahora, aunque su inconsciente le mandó un ultimátum al cuerpo en forma de Parkinson. Sus manos se negaron a seguir escribiendo y le dictó a su tercera esposa, Carlota, Viaje de un largo día hacia la noche . Es el testamento de despedida de O'Neill. Escrito con sangre, resuenan en sus páginas las discusiones que, de niño, escuchaba de sus padres. Olvidando deliberadamente toda reserva, rastrea su vida y, dejando de lado el pudor, enjuicia a su propia familia. Aparecen allí sus vivencias de cuando salía de gira con sus padres. Casi no hay argumento. El oído del niño ha registrado infinidad de insultos, de manera tal que el público se sorprende de escuchar que la pareja habla como a 200 palabras por minuto, a veces de manera simultánea. Exteriorizó "un viejo dolor", según sus propias palabras, pero siempre el pudor de la confesión inhibe. Le encargó a Carlota que la obra no se representara hasta 20 años después de su muerte, acaecida el 25 de noviembre de 1953. Pero, a pedido del Teatro Real de Estocolmo, se estrenó el 10 de febrero de 1956, en presencia de los reyes de Suecia. Menos mal; si no, media generación se hubiese ido de este mundo sin conocer esa joya literaria.