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La muerte de un compañero

Kirchner nos volvió a enamorar de la política y la cargó de un contenido místico que hoy puede verse en los jóvenes y en millones de argentinos. Carmen Nebreda.

01 de diciembre de 2010 a las 12:01 a. m.
Carmen Nebreda - Diputada nacional por Córdoba (FPV)
La muerte de un compañero

Tras haberse cumplido el sábado pasado un mes de la muerte del compañero Néstor Kirchner, quisiera compartir con el pueblo de Córdoba una deuda de gratitud personal con este gran hombre, a la que seguramente también se sumará la gran mayoría de esta noble provincia. El 27 de octubre último, mientras el país recibía a los censistas en sus hogares con alegría festiva, el corazón del compañero Néstor Kirchner dejó de latir. Moría un compañero, el mejor de nosotros, porque, entre otras cosas, se comportaba como uno más, sin ninguna ínfula, sin "chapear" nada. Tuve oportunidad de conocerlo y de compartir con él momentos históricos muy importantes, como cuando asumimos y juramos como diputados nacionales aquel inolvidable 10 de diciembre de 2009. Siempre sonriente y afectuoso, fiel a un concepto político que sólo han esgrimido los grandes estadistas: recuperar e integrar la voluntad popular al destino común. Sobre esa base se construye la identidad de un país y se aporta para la construcción de la identidad regional. En ese fuego sagrado abrevó su visión política cuando le devolvió la dignidad a los jubilados nacionales, cuando universalizó los derechos humanos, cuando trabajó por una mejor redistribución de la riqueza y enfrentó el poder de los monopolios, cuando interpeló a los poderes, cuando sacó al país de la ignominia para restituirle la grandeza frente al mundo, levantándonos del sojuzgamiento de los organismos internacionales y para volvernos hacia América latina. Y, también, para construir un nosotros poderoso, independiente y orgulloso de rescatar nuestras mejores tradiciones libertarias. Hacer política. Néstor Kirchner hacía política mirando a los ojos, compartía sus preocupaciones y sus tristezas, pero, por sobre todas las cosas, compartía su alegría, la de estar junto al pueblo. El día que tuvimos la primera sesión como minoría en la Cámara de Diputados, antes de salir, nos dijo a todos: "No perdamos la alegría, defendamos nuestras ideas. Ésa es una razón más que suficiente pare estar alegres, porque representamos las expectativas y el cariño de nuestro pueblo, que desde hace mucho tiempo se siente sin representación". Después aplaudimos y salimos al recinto con el orgullo de ser conducidos por él. Unos días después, Cristina Fernández, su compañera de toda la vida, iba a completar sus palabras con una conciencia ideológica pocas veces vista: "Somos minoría y vamos a perder muchas votaciones, pero demos el debate y expongamos lo que está en juego en esta batalla cultural".Esos gestos son los que nos devolvieron la confianza en la política y, por lo tanto, su potencia transformadora. La política dejaba de ser la ilusión de un venerado "consenso" (cuando se tocan intereses, siempre hay diferencias que dirimir) y de ser una gestión técnica para transformarse en una herramienta poderosa en manos de todos. Néstor Kirchner nos volvió a enamorar de la política, la hizo nuestra y la cargó de un contenido místico que hoy puede verse expresado en los jóvenes y en la esperanza militante de millones de argentinos.