La memoria del dolor
Hay cosas que cambiaron desde 1976, pero nos tienen que advertir hasta dónde puede llegar el odio en la disputa por el proyecto de país.
Los días de marzo, apenas el otoño viene a repartir amarillo en las hojas y en los ojos, se presienten abismados. Acaso estamos marcados por el estigma de una latitud melancólica, por la conciencia de su final. Pero sobre todo es que los que estamos aquí y atravesamos el puñadito de historia que nos toca llevamos en los pasos la huella de un dolor cada vez más viejo, aunque no deja de ser tal. Ese dolor, que por haber sido espanto sigue siendo herida que aún tiembla, ya es una entidad entre las que nos han determinado. De las fechas que tenemos pintadas de rojo en el almanaque y que tienen que ver con nuestro paso como pueblo entre los pueblos, la mayoría nos habla de la construcción de esto que somos: de la fundación de la patria, de hombres que ayudaron a parir el momento original, y hasta de alguna batalla perdida pero en la que nos demostramos la voluntad de trazar nuestro destino con coraje. Por eso son fiestas de celebrar: estamos aquí y somos nuestra creación. Pero la que sobrevendrá pasado mañana 24 de marzo –feriado desde hace nueve años– es la fecha que representa la máxima tragedia en nuestra marcha por la historia; el gran dolor, el peor espanto. El golpe cívico-militar de 1976 puso en escena una dictadura que montó un Estado clandestino que, en la hondura de las sombras y el miedo, desató una brutal carnicería. Pocas veces en la tierra se ha visto un terror como el que aquí sucedió. Tal vez en los juicios en los que se siguen desnudando las más macabras y retorcidas historias desangradas en la oscuridad, algunos de los asesinos le insista a su depravada conciencia con que todo fue hecho para salud de la patria. Pero tanta ferocidad no hizo otra cosa que poner a esta de rodillas. La cosa no fue sólo contra las organizaciones armadas –que con su violencia mesiánica les presentaron en bandeja la excusa para salir a degollar la historia–, sino contra todo lo que fuera obstáculo para poner el país al servicio de unos pocos (algunos que alimentaron a la dictadura aún no rindieron cuentas). La última intención era apartar a la gente de la política, de la lucha por defender los intereses populares, y dejar el destino común en manos del poder adinerado, de una casta. No fue una fatalidad la que nos pasó: los asesinos de la dictadura no emergieron del averno, sino de un momento de nuestra historia, de nuestra larga lucha por un modelo de país. Y el sector dueño de la fuerza pero siempre postergado por las urnas, aplastó. Hay cosas que cambiaron, pero acaso nos tienen que advertir hasta dónde puede llegar el odio en la disputa por imponer el rumbo argentino. El martes, 39 años después, este pueblo que respirará del aire calmo de un feriado hecho para recordar –o que se sumará a una marcha– sabrá también que no ha sido sólo una frágil entidad atropellada, sino que, para ejemplo del mundo que suele esconder sus crímenes bajo la alfombra, pudo poner un poco de su dolor bajo el sol de la justicia.

