La materia de los héroes
La figura de San Martín, cargada de dimensión mítica y de frío bronce, no siempre ha sido sencilla de aprehender tanto en su estatura humana como en su convicción política y americana.
¿De qué materia están hechos los héroes de la historia? Puede parecer que el lejano ayer, un tiempo inaugural, como de leyendas, es su sustancia. Pero su condición esencial, la “inmortalidad” de la que se habla, es haber alcanzado la constancia de persistir en el presente. Aquí, en los confines del sur, los vientos van y vienen y el invierno se mete en los huesos. Así es el humor de agosto en esta porción del mundo. Y en estos días, sobre los renglones de los cuadernos, en la solemnidad de los actos escolares, se alza la imagen de un gigante conquistando la eternidad de las nieves de los Andes, la eternidad de la memoria nacional. La figura de José de San Martín, cargada de dimensión mítica e idealización suprahumana, ocupa el sitio más alto en el Olimpo de nuestros próceres. Su dimensión es mayor aún puesto que tiene estatura continental: es, junto con Bolívar, el campeón de la libertad sudamericana. Pero así como es difícil de comprenderlo en su estatura humana, mientras era montado en el bronce y su nombre se multiplicaba en toda la toponimia del país, también se diluía en el legado su esencia de revolucionario americano y de hombre de intensa vocación política. Esas condiciones, cuando la ancha idea original fue oscurecida por la imposición de intereses locales –en especial, los del puerto de Buenos Aires–, fueron las que lo condujeron camino al exilio, donde lo encontró la muerte, hace 165 años. Luego, las dificultades para aprehender su obra y su pensamiento fueron las mismas que tuvimos para aprehendernos a nosotros. Es que la lectura de la historia, en tanto nos da un lugar en el presente y una guía para el porvenir, es un botín codiciado. “San Martín había asumido la misión de sustantivar la idea de Provincias Unidas de Sudamérica, emergente del acta de Tucumán. Y estaba dispuesto a lograr su objetivo malogrado por las escisiones, los localismos y los intereses partidarios. Para él no había más partido que el ‘americano’ ni más objetivo que la unificación nacional de Sudamérica independiente. Todo lo demás era accesorio y secundario”. Así lo refleja A. J. Pérez Amuchástegui, en su libro Ideología y acción de San Martín. Quizá uno de los modos de sentirse parte de su gente, aunque unas generaciones después, sea asumir, precisamente, que San Martín no fue un mesías ni un constructor individual de la historia, sino que, por lucidez y pasión, fue capaz de ponerse al frente de un pueblo que aspiraba y deseaba con tanta fuerza la independencia (y, con ella, la dignidad y un poco de justicia) que fue capaz de regar de sangre estas tierras. Los héroes de la historia están hechos de la materia de los sueños. De esos sueños atrevidos, audaces, llenos de grandeza, que no detienen su voluntad en intereses pequeños, sino que lanzan su mirada mucho más allá de lo que su tiempo puede ver. Y nunca son soñadores solitarios, sino que se sostienen en los sueños de los pueblos, los verdaderos autores de la historia.

