Temas del día:

La lluvia y la larga espera de siempre

Si pedimos por la lluvia, pedimos por nosotros. Por eso, cuando venga a vivificarnos, abracémonos no sólo a su frescura derramada, también a la conciencia de la humedad de la vida.

15 de septiembre de 2013 a las 02:12 p. m.
La lluvia y la larga espera de siempre

Acaso fue este soplo de frío el que ayudó a aquietar las llamas que nos hicieron zozobrar en este final de invierno, como en otros tantos.

Córdoba es la provincia del fuego. Es la misma en la que hace más de dos siglos se decía que el agua era fruta de estación. Pero de un tiempo a esta parte, además, es el corazón ígneo del país, por varias razones, en las que también tienen que ver los errores humanos sobre el ambiente.

Entonces, bien vale repetir una oración por la lluvia.

Si la lluvia llegara hoy, ahora, ya, le ofrendaríamos los ojos y las mejillas para que corra hasta los labios como un río de infinitas gotas dulces, como un sentimiento único, abundante y jubiloso, hecho de lágrimas sin sal.

Incluso podríamos quitarnos los zapatos, arremangarnos los pantalones y salir a pisar la frescura de los charcos, y hasta hundir los pies en los torrentes que bajan turbulentos por esta ciudad de calles pendientes, y ser felices como (con los) niños.

Miraríamos al cielo con los ojos bien abiertos para ver caer el milagro de la fecundidad desde tan alto, pero a la vez, desde tan cerca. Porque las nubes se atrincheran acá nomás, apenas por encima de nuestras cabezas, si es que uno toma en cuenta todo el aire, el universo y el frío que existe aun más allá.

La lluvia tiene que ver con el suelo y con nosotros, los que vivimos sobre el suelo.

Si lloviera hoy, ahora, ya, nos asomaríamos cada cual a su ventana, incluso a ventanas prestadas, para verla derramarse sobre los vidrios, sobre el asfalto, sobre la tierra: verla caer será reconocer con conciencia semejante privilegio.

La más inmensa ventana puede abarcar una inmensa versión de lluvia, pero también en las pequeñas ventanitas de las pequeñas casitas se podrá oír a las gotas golpear sobre los vidrios mientras no dejan de llorar sobre el barrial.

Será en esos barrios que se convierten en polvo cuando la seca pela las calles, o en aventuras de náufragos cuando el agua alumbra la fórmula del fango.

Si lloviera hoy, ahora, ya, pensaríamos un poco más; pensaríamos que en esta Córdoba siempre semiárida no debemos rezar cada primavera para que vuelva la lluvia, sino que es hora de que nos deje de devorar el presente cuando pretendemos construir la sociedad a través de la política, y seamos capaces de proyectarnos un futuro, como antes lo hicieron otras generaciones a las que les debemos el poco de agua que hoy tenemos.

También debemos pensar en que como país (y, en especial, como una región integrada), hay que proteger lo que tenemos de la voracidad de otros y planear nuestra provisión del futuro.

Y si la lluvia llegara hoy, ahora, ya, que venga sólo a calmarnos la sed y no a arrasar con bríos turbulentos la inocencia de creer que el mundo que hicimos está hecho para siempre, incluidas sus diferencias, porque los cataclismos suelen atacar a los más débiles, no por perversión de la naturaleza, sino de los hombres.

Si pedimos por la lluvia, pedimos por nosotros. Por eso, cuando venga a vivificarnos, abracémonos no sólo a su frescura derramada, también a la conciencia de la humedad de la vida.

Y cuando escampe, cuando los caudales regresen a las orillas y en los techos rebalsen los tanques, también es posible que los días se parezcan a los que eran.

Entonces, habrá sido en vano cualquier oración por el regreso de la lluvia.