La larga sombra del terrorismo de Estado
Las nuevas generaciones hace rato que han empezado a arremangarse: quitarnos de encima la sombra del terrorismo de Estado –concepto que tantos todavía no comprenden– es una tarea del presente y del futuro.
Ha pasado tanto tiempo, y el viejo ardor nos sigue quemando.
Los que fuimos contemporáneos de aquel país amordazado, vendado, prohibido, y que aún somos presente, ya hemos envejecido o estamos en eso; muchos, la mayoría, han muerto.
Algunos de los asesinos atroces, de los que urdieron y ejecutaron el plan sistemático de eliminación de opositores, como el mismísimo Jorge Rafael Videla, murieron en la cárcel, ya juzgados en juicios justos y condenados.
Otros represores murieron encarcelados mientras se esperaba el veredicto de la Justicia. Y muchos, centenares, están en las cárceles pagando sus crímenes imprescriptibles, imperdonables.
Pero antes de ser encarcelados, pasaron más de tres décadas libres después de haber torturado, asesinado y hecho desaparecer; criaron a sus hijos, hasta jugaron con sus nietos bajo el sol.
Mientras tanto, los desaparecidos simplemente no estaban, no tenían entidad, como dijo Videla, y los familiares de las víctimas atravesaban sus días sólo aferrados a la memoria.
De la veintena de abuelas que plantaron la organización en Córdoba, sólo queda en pie, en vida y lucha, Sonia Torres, el gran emblema que aún no ha podido encontrar a su nieto.
Los juicios finalmente llegaron: tanto horror no podía ser archivado por la historia.
Había que juzgar con todas las garantías y castigar a los responsables, es el único modo de pacificación posible y de advertir al futuro.
Pero no sólo se hicieron para castigar, sino para que cada una de las víctimas tuviera la oportunidad de establecer su verdad bajo la mirada de la sociedad, o sea, de la Justicia.
Desde la dictadura hasta acá, la democracia ha tomado diferentes direcciones frente a los crímenes de la dictadura, hasta que llegó el momento de la memoria, la verdad y la justicia, proceso con el que asombramos al mundo, que sigue reconociéndonos por eso (Donald Trump acaba de entregarle a Macri más documentos desclasificados de la dictadura).
Desde hace no mucho más que meses, el ánimo del viento parece soplar en otra dirección, y a los planteos negacionistas sobre la dimensión de la matanza, de relativizar el valor del feriado del 24 de marzo, se suma el fallo de la Corte Suprema que aplica la ley del dos por uno y, en consecuencia, abre las puertas de las cárceles para centenares de represores. Es decir, retrocedemos.
Ha pasado mucho tiempo. Pero seguimos en esta tierra y los represores siguen siendo parte del nosotros; no es que vinieron en platos voladores.
Las nuevas generaciones hace rato que han empezado a arremangarse: quitarnos de encima la sombra del terrorismo de Estado –concepto que tantos todavía no comprenden– es una tarea del presente y del futuro.

