La imposición de la fragilidad
Hay que repetirlo: no se trata de la mujer en el mundo de los hombres, sino de un mundo de hombres y mujeres.
No debe ser sencillo sentirse acechado sin tener vocación ni sentido de presa. Una mujer que camine sola por veredas anochecidas de penumbras es posible que intente cuidarse de cruzar la mirada con transeúntes varones, porque nunca se sabe qué clase de reacciones puede llegar a despertar un mero contacto visual. Es una simple imagen de las distintas condiciones en las que las mujeres deben transitar por muchas de las calles de este mundo, aun en estos tiempos. El ejemplo se vuelve trágico frente a un caso tremendo como el de las chicas mendocinas asesinadas en Ecuador. Más allá de las discusión sobre la conciencia de tener en cuenta el riesgo de esta acechanza, lo contundente es la imposición de una fragilidad que es mucho más cultural que física. Son múltiples los factores que podrían explicar el asesinato de una mujer en particular, pero el asesinato de todas las que murieron sólo por eso, por su condición de mujer, responde a algo mucho más profundo. Esos crímenes contra las mujeres, que tanto se repiten entre nosotros, están impregnados de retorcimiento cultural. Esa es la encrucijada: enfrentar un estado de cosas que sigue poniendo a la mujer en una situación de desventaja, de debilidad, de objeto, de propiedad. Las mujeres llevan una larga travesía por el infierno de ser tratadas como meros aparatos reproductivos, como las culpables del pecado original, las diabólicas agitadoras del deseo, las incapaces para asumir asuntos públicos, para conducir el destino colectivo; las depositarias de lo superfluo; objetos de entretenimiento, sujetos decorativos de los hombres. Y siguen tratando de quitarse de encima esas piedras con que aún son lapidadas. Pero hay muchos síntomas de que continúan siendo tratadas de modo cosificador, como tanto sucede en publicidades y en programas de televisión. Hasta cuando se cuentan como hazañas hechos en los que asumen tareas supuestamente privativas de los hombres, como si fueran niños que aprenden a caminar. Hay que repetirlo: no se trata de la mujer en el mundo de los hombres, sino de un mundo de hombres y mujeres. Mientras tanto, los conceptos que atañen a la convivencia entre los géneros han sido profundamente sacudidos. Los cambios siguen siendo tan vertiginosos que ya no se registran de una generación a otra, sino dentro de una misma vida. Es un hecho: ya no vemos –sentimos, vivimos– las cosas del mismo modo que hace apenas unos años. Es decir, el cambio puede pasar por cada uno de nosotros. Las personas, sin embargo, pueden modificar sus maneras de actuar cuando comprenden. Y para eso no sólo alcanza con endurecer las leyes, mantener despiertos a los juzgados y a las comisarías y distribuir botones antipánico. Se trata, también, de llegar a lo profundo de las conciencias a partir de la educación: en las escuelas, en las instituciones sociales, a través de campañas públicas que ayuden a soldar la idea del respeto esencial. Cada asesinato de una mujer por el solo hecho de ser mujer es un dolor indecible para cada corazón y un tremendo desgarro para la consistencia misma de las sociedades.

