La historia de una vacuna olvidada
La historia de la viruela en nuestro país esconde detalles asombrosos.
“Cara picada de viruela” es una expresión aún vigente, a pesar de que pocas personas podrían identificar la enfermedad.
Esta virosis, que afectó severamente la salud humana a lo largo de la historia, se caracterizaba por múltiples pústulas que dejaban cicatrices imborrables.
Fue erradicada del planeta gracias a campañas mundiales de vacunación, y en Argentina sólo mayores de 50 años podrían recordar haber recibido la ‘antivariólica’ – aquella aplicada con leves pinchazos de lanceta–, retirada del calendario oficial después de documentarse el último caso mundial en 1977.
La historia de la viruela en nuestro país esconde detalles asombrosos.
Fueron los conquistadores europeos quienes trajeron el virus al Virreinato del Río de la Plata, contagiando a la población indígena que no tenía defensas para esa (ni otras) infecciones. Así, entre los siglos 16 y 19 ocurrieron epidemias que causaron la muerte de más de dos millones y medio de aborígenes; en verdad, la viruela mató más nativos que las guerras desatadas contra ellos.
Desde tiempos remotos distintos pueblos intentaban combatir la enfermedad y sus consecuencias. China fue el primer país en utilizar la inoculación de material de pústulas, a mediados del siglo 12. Esta práctica se generalizó en Asia, hasta ser conocida por residentes británicos quienes intentaron trasladar la técnica a Inglaterra, aunque allí fue rechazada por “primitiva”.
Recién en 1796 Edward Jenner, farmacéutico inglés, observando granjeros que ordeñaban vacas con pústulas en las ubres y no contraían viruela, elaboró su hipótesis: el contacto previo podría salvar vidas.
Comenzó infiltrando material purulento en un niño, que enfermó pero no murió. Luego repitió la técnica en numerosas personas, documentando los resultados en su famoso escrito Variolae Vaccina (Viruela de la vaca), instaurando además -–y sin saberlo– la palabra vacuna.
El impacto favorable llegó hasta las cortes de distintos imperios: el rey de España, presionado por los estragos que por entonces causaba la viruela en el Virreinato del Río de la Plata, ordenó llevar allí el método.
El traslado del virus fue insólito: se realizó en un barco ‘negrero’, incluyendo cuatro esclavos inoculados; todos desarrollaron enormes pústulas de donde se extrajo material para preparar numerosas vacunas.
El 20 de julio de 1805 comenzó la aplicación en Buenos Aires, no sin la esperable renuencia de la población. ¿Cortar el brazo y aplicar pus? ¡De ninguna manera!
Fue Juan Manuel de Rosas, por entonces comandante de milicias de Buenos Aires, quien influyó en la aceptación de la práctica, tanto en la población hispano-criolla como en comunidades originarias. Sus peones morían, los aborígenes morían.
"Como resistieran la vacuna, Rosas citó a los caciques con sus tribus y se hizo vacunar él mismo. Bastó esto para que los indios en tropel estirasen el brazo (…) en menos de un mes recibieron casi todos el virus" (Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, 1967).
Rosas también logró superar la superstición de considerar a la viruela “gualicho procedente del huinca”, que en las tolderías se conjuraba sacrificando “indias ancianas”. Él mismo instruyó que protegieran a las mujeres, prometiendo eliminar el gualicho sin matanzas.
En una memorable carta al cacique Catriel, Rosas detallaba: “Ustedes son los que deben ver lo mejor les convenga. Entre nosotros, los cristianos, este remedio es muy bueno (…) pero es necesario que el médico la aplique (…) que la vacuna sea buena (…) porque hay casos en que el grano que le salió es falso (…) y sepa que para el año que viene debe volver a vacunarse” (F. Chávez, La vuelta de Juan Manuel, 1991).
Al inicio de 1900 la viruela dejó de producir muertes masivas en América.
Historias de sufrimiento y muerte debido a algunas enfermedades permiten poner en valor la utilidad de las vacunas; cuestionadas en períodos de salud, reclamadas durante epidemias.

