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La hipocresía

La hipocresía, la mentira y la adulación son parientes carnales que nunca dejaron de estar presentes. Arnaldo Pérez Wat.

18 de octubre de 2010 a las 03:01 a. m.
Arnaldo Pérez Wat (Periodista)
La hipocresía

Se entiende por hipócrita a un sujeto que le da palmadas en la espalda, estando usted de frente, y le da cachetadas en la frente cuando usted está de espaldas. Después de haber meditado en profundidad, hemos arribado a la conclusión de que el mundo sería mucho más dichoso si todos tuviéramos las cualidades que nos adjudican los hipócritas. La hipocresía no es una enfermedad sino una inmoralidad. En todo caso, la simulación con un fin utilitario que ostentan los histéricos puede considerarse patológica. Tampoco puede existir hipocresía en un niño pequeño, porque en el fondo no miente: sólo fabula. La verdadera mentira aparece en la adolescencia. El hipócrita se halla continuamente estafando y es inevitable que, por allí, no llegue a engañar.En el ejercicio de la hipocresía, el actor se encuentra habitualmente representando una verdadera creación. El mejor momento de tratarlo es su casa. Si nos ha invitado sin interés alguno, habrá momentos en que no será el mismo y nos parecerá otra persona. El compositor florentino Jean Baptiste Lully, fundador de la ópera francesa, además de hipócrita, era libertino, supersticioso, adulador, envidioso, falso y violento. Y hemofílico: se hirió el pie con su bastón y la herida se le complicó. Llamó a un sacerdote para confesarse y éste le dio, como penitencia, que arrojase al fuego la ópera que, con mucho trabajo, acababa de terminar: Acis et Galatée . Lo cumplió en el acto. Como su hijo lloraba desconsolado, le dijo: "Cállate hombre, que tengo una copia". Murió a los pocos días, el 22 de marzo de 1687. Modestia e hipocresía. No faltan quienes opinan que la excesiva modestia es signo de debilidad o de hipocresía. Puede ser, porque el modesto habla poco de sus intimidades. Para Nietzsche, no hablar nunca de uno mismo implica una refinada manera de ser hipócrita. Y también puede ser cierto, porque, si el hipócrita casi nunca dice lo que piensa, menos va a verter conceptos sobre su persona. Para nosotros, no hay una respuesta precisa. Aunque el hipócrita encarna un mal para la sociedad, no obstante, siempre hace falta un poco de hipocresía, ya que toda la verdad apabullaría a un ser que ha sido amasado con barro. Pero lo patético radica en el hecho de que hay un mayor número de hipócritas del que hace falta. Ello es probable, pero indemostrable directamente, porque no se sabe cuántos son. Porque si se realiza un censo o una encuesta, el hipócrita, por hábito, va a contestar que no lo es.El modesto, por lo general, no se da cuenta de que lo es; cualidad que lo hace digno de admiración. El sabio, por lo común, es modesto, aunque sabe que sabe.Históricamente, se ve que la hipocresía, la mentira y la adulación son parientes carnales que nunca dejaron de estar presentes. Antiguamente, con la mentira, el poder trató de impedir que el pueblo se metiese en las cosas que le importaban. Cuando las masas dispusieron del voto, procuró comprometerlos mediante la sumisión, para que accediesen sobre lo que no entendían. Hoy, el poder insiste demagógicamente en ganar la voluntad del pueblo, desde la plaza y mediáticamente.El filósofo Jean le Rond D'Alambert dijo que la política es el arte de engañar a los pueblos. Es verdad en cierto sentido: no hay político de larga trayectoria que no haya mentido, al menos por omisión. Sin embargo, no se trata de una concepción pesimista, sino al contrario. Porque si todos los candidatos y los funcionarios dijesen lo que piensan de sus opositores, de sus correligionarios o de sus colegas, la política sería un infierno. En cambio, la hipocresía, sublimada parcialmente por la diplomacia, permite que el mundo sea más tolerable y siga andando.