La heterogeneidad necesaria
La homogeneidad autosuficiente conduce al estancamiento, la corrupción –también la obra estética evidencia el deterioro de la carencia de vitalidad dialógica– y la disolución o laxitud de la trama social y cultural.
La educación militar, me contaba un amigo que conoce bien desde adentro y con exhaustiva experiencia el tema, está basada en el principio de disminuir al otro para resaltar y afirmar la propia superioridad jerárquica. Este principio, aunque parezca extraño, no sólo funciona en el ámbito castrense. Además de advertirse particularmente en ciertos caracteres que tienden al autoritarismo y que ejercen el eficaz procedimiento en el trabajo o en la familia, puede verificarse también en la política y en la sociedad artística.En la política, se advierte sobre todo en aquellos partidos de origen verticalista y aspiración totalitaria, que se presentan a sí mismos como los únicos representantes auténticos del pueblo y disminuyen y caracterizan a sus oponentes como "enemigos" de este.Mientras tal identificación se mantiene y es admitida por sectores amplios de la ciudadanía, no hay posibilidades seguras de que pueda desarrollarse una sana democracia, dado que, cuando dichas tendencias partidarias de inclinaciones verticalistas y totalitarias se encuentran en el gobierno, tienden a transgredir a su favor el regular equilibrio institucional republicano, concentrando en sí el mayor poder posible. Y cuando están en la oposición, tienden a ejercerla de una manera más destructiva que constructiva (para poner un claro ejemplo deportivo, se parecerán en esto a los hinchas de fútbol que se alegran si el equipo rival en su país pierde ante un equipo extranjero: si no es el propio equipo el que triunfa, mejor que pierdan todos). En la sociedad artística, ese principio se ha manifestado con la incidencia del historicismo y el progresismo moderno en la concepción estética. Por ejemplo, en las vanguardias de principios del siglo 20, que llevaron a un extremo radical tal visión de la historia, puede observarse en la voluntad "antagonista" y reactiva que Renato Poggioli describía lúcidamente en su libro Teoría del arte de vanguardia : la propia afirmación partía de la negación de las poéticas del pasado y de las demás poéticas del presente, autoerigiéndose en los exclusivos intérpretes del "espíritu de la época" y a la propia como la sola conciencia estética capaz de configurarla formalmente de manera adecuada, como si tal interpretación y configuración sólo pudiera hallar una única versión válida. La madurez política y artística –si es que tal cosa existe o se logra– quizá consista en la admisión de que la propia búsqueda es única y "absoluta" para sí mismo –si no lo sintiera así, quizá el estadista verdadero, esa rara avis , y el verdadero artista, especie asimismo rara, no entregarían su vida a lograr su obra cívica o estética–. Pero también hay otros que tienen sus propias búsquedas únicas y "absolutas", y negarlas es negarse a sí mismo ante los otros (quienes, al no reconocerse su legitimidad, tampoco la reconocerán a su vez), además de negar la riqueza de múltiples posibilidades representativas que ofrece cada época.
Ejemplos cercanos
Si bien estas observaciones exceden el marco de las fronteras nacionales, querría ejemplificarlas con dos casos locales bien ilustrativos. En nuestro país, las últimas manifestaciones de este principio –aunque ya sin la fuerza de transformación que tuvieron en su origen histórico– se han verificado, en la política, en el neoperonismo kirchnerista (su enseña, “¡Vamos por todo!”, es una buena síntesis de esta voluntad), y en la poesía, que es el ámbito artístico que conozco con suficiente exhaustividad (otros podrán tal vez individualizarlo en diferentes géneros literarios y disciplinas artísticas), en el llamado “neobjetivismo” (“¡Hay que comerlos a todos!”, se recuerda que exclamaba el director de la principal revista que lo promovió).
Tanto uno como otro han evidenciado una parecida actitud militante, un semejante efecto de divulgación homogeneizadora y una idéntica negación de las demás tendencias políticas o estéticas, respectivamente.
Entre otros defectos de esta concepción, se encuentra el hecho de que, en ausencia de interlocutores reconocidos como válidos, el deseable diálogo político y artístico se debilita o incluso se interrumpe, debilitándose a la vez la propia identidad, desde el momento que tanto la identidad psíquica individual como la lingüística o la de cualquier tipo, adquieren su razón de ser y su riqueza en la diferenciación y el intercambio con otras identidades.
La homogeneidad autosuficiente conduce al estancamiento, la corrupción –también la obra estética evidencia el deterioro de la carencia de vitalidad dialógica– y la disolución o laxitud de la trama social y cultural.
Tal vez la sociedad civil y la sociedad artística un día alcancen la suficiente madurez para aceptar aquello que Antonio Machado, a través de las reflexiones apócrifas de Juan de Mairena, definía como “la esencial heterogeneidad del ser”, y que en pocas palabras podría resumirse en los siguientes versos suyos: “El ojo que ves, no es / ojo porque tú lo veas: / es ojo porque te ve”.
Sin este sencillo pero difícil reconocimiento, el ojo ajeno siempre aparecerá como objeto o como espejo de la propia mirada, nunca como sujeto, a su vez, de una mirada que observa la realidad caleidoscópica –que es una y es varias al mismo tiempo– desde su singular ángulo de perspectiva.
*Poeta, crítico, profesor en la Universidad Nacional de Córdoba

