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La gran fiesta de la creación del mundo

24 de diciembre de 2016 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
La gran fiesta de la creación del mundo

¿Cuál es el elixir que se respira en el aire de finales de diciembre? ¿Qué hace a los ánimos vibrar en una sintonía intensa?

La verdad de la Navidad se resuelve en las mesas de Nochebuena y va mucho más allá de las carreras en los shoppings y el sentido consumista que le imprime la cultura de este tiempo, y aun de la profundidad de la celebración cristiana.

“Es evidente que ciertas fiestas profanas, en apariencia, del mundo moderno, conservan todavía su estructura y su función mítica”, decía el rumano Mircea Eliade en Los mitos contemporáneos, y señalaba a “los júbilos del Año Nuevo y las fiestas que saludan un ‘comienzo’”.

La Navidad, como que significa nacimiento, saluda un comienzo: la fundación del mundo cristiano, de algún modo el mundo occidental de hoy, ese del que formamos parte todos los que brindaremos esta noche; cristianos, paganos y demás.

Esa condición nos devuelve a los lejanos orígenes, cuando la humanidad se aferraba a los mitos para sobrellevar su relación con el cosmos y la creación. Así también es que se explica el carácter orgiástico (aunque hoy limitado al comer y al beber), que es el que el hombre primigenio le daba a sus fiestas que celebraban la fundación de cada cultura.

La Navidad es la fiesta más importante de este mundo y esta cultura. Y ese elixir que se respira, esa vibración que excita los ánimos, vienen desde muy lejos, desde lo más profundo de las manifestaciones del espíritu humano. Por eso tiene tanto sentido celebrarla.

Es probable que siempre que vayamos en busca de nuestras navidades más queridas volvamos a ver la dimensión de las cosas desde una estatura de niño, cuando todo alrededor era imponente, no sólo por el tamaño sino por la novedad de la vida fresca y la intensidad con que vibraba la sensibilidad virgen.

La Navidad era mágica, claro: en la casa, en la cuadra, en el barrio, en el mundo, latían millones de lucecitas de colores; las mesas ofrecían los mejores sabores que conocíamos; estallaban la música, la alegría, los brindis.

Pero lo mejor era que la fiesta era de todos; no era de algunos en particular, sino un elixir que fluía en todas las copas. Por eso siempre tuvo tanto sentido llegar al menos con un pan dulce y una sidra a cada casa.

La Navidad nos sucede sólo con estar aquí. Para participar de la fiesta, basta con ser humanos, con habitar la vida y ser parte de este mundo cuya creación volverá a suceder esta misma medianoche.