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La gran anestesia

Tenemos los ojos llenos de imágenes y somos cada vez más miopes; estamos completamente rodeados de sonidos y ya no oímos nada.

03 de junio de 2014 a las 12:02 a. m.
Pedro Torres*
La gran anestesia

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la palabra de Vida es lo que anunciamos”. Con estas palabras impresionantes, inicia su primera carta el apóstol San Juan, resumiendo así su identidad y misión de testigo de la encarnación y de la resurrección, su experiencia del amor de Dios que vence a la muerte y se ha manifestado.

Estas mismas palabras pueden condensar el tiempo litúrgico que los cristianos estamos celebrando: 40 días para palpar la vida nueva hasta la Ascensión, y esta semana en espera del Espíritu Santo prometido que nos capacita para la misión.

Llama la atención que una experiencia espiritual tan honda esté anclada en los sentidos: el oír, el ver, el contemplar, el tocar.

No es un fruto de las ideas o los deseos: es una percepción mediada por los sentidos. De hecho, los sentidos y la sensibilidad son las vías que tenemos para percibir la realidad, desde las más simples hasta la realidad misma de Dios.

La tentación del mundo virtual, la cultura del consumo y la apariencia, los retos cotidianos, pueden afrontarse con éxito si no nos dejamos tomar por la indiferencia que –al decir del papa Francisco en su exhortación sobre el gozo de evangelizar– se ha globalizado, haciéndonos incapaces de compadecernos del clamor de los otros, de llorar ante el drama de los demás, de alegrarnos con el hermano. La cultura del bienestar nos anestesia.

Casi sin darnos cuenta, estamos perdiendo los sentidos, hemos desaprendido su ejercicio y perdemos contacto con la realidad.

Hay quien denomina al momento actual como “la gran anestesia de los sentidos humanos” y describe la paradoja de esta situación haciendo notar que tenemos los ojos llenos de imágenes y somos cada vez más miopes. Estamos completamente rodeados de sonidos y ya no oímos nada. El perfume de las cosas es un vago recuerdo: tomamos sustancias que dejan inservible el olfato. Tocamos todo y ya no llegamos a ser “tocados” por nada.

Hemos perdido los sentidos cuando todo parecía indicar su triunfo: culto al cuerpo, exaltación de la sensualidad en un frenesí de consumo y de viajes. Somos sobreinformados con cosas sesgadas, mentirosas y superficiales, para terminar desinformados.

Llenos de prótesis sofisticadas del mundo de la cibernética que supuestamente amplían nuestros sentidos,  pero ajenos al dolor y a las alegrías simples y cotidianas. Hasta la muerte se presenta como espectáculo.

Pero si perdemos los sentidos, corremos el riesgo de vivir “sin sentido”, nos hacemos insensatos y hasta nos enoja cuando alguien, tomando el pulso a la realidad, desmiente la fantasía de la cosmética o de la cirugía estética.

Si se ofuscan los sentidos, perdemos el alma, nuestros sentidos se han hecho para las cualidades del espíritu. Hay que educarlos para la paz, para el encuentro, para la comprensión la compasión y el compartir, para la verdad que es camino para la vida.

La descripción podría parecer negativa o pesimista, pero diría, con el papa Francisco: “Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra”.

La Pascua, la Ascensión y Pentecostés abren el tiempo a la eternidad, pero no despegándonos de la tierra sino escuchando los signos de los tiempos que nos llaman desde lo que oímos, vemos, contemplamos y tocamos.

* Obispo católico, miembro del Comipaz