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La fractura del peronismo y su columna vertebral

La gran fuerza política que hoy manda es sin duda la opinión pública, que se expresó por el cambio en las últimas elecciones. 

29 de mayo de 2017 a las 12:01 a. m.
Gustavo Viramonte*
La fractura del peronismo y su columna vertebral

Hace un tiempo expresé en esta columna que el peronismo, tal como lo conocimos en los últimos 70 años, no existe más. Desde que en 1946 el justicialismo sustituyó al conservadurismo, y sin llegar a ser un partido hegemónico, como el PRI en México, sí logró la categoría de preponderante, ya que la vida política argentina giro en torno de él.

Los partidos políticos, que desde la universalización del sufragio se constituyeron en la fuerza política colectiva organizada por excelencia, contra cuyos aparatos era imposible vencer en una elección, están desde comienzo del siglo en una crisis notoria, no sólo en nuestro país, sino también en el mundo occidental.

Los nuevos medios de comunicación, en especial las redes sociales, han contribuido en gran medida a favorecer que la otra gran fuerza política colectiva difusa, la opinión pública, sea el apoyo de los gobiernos democráticos.

Después de la crisis del centenario Partido Radical, el cristinismo se encargó de implosionar al justicialismo dividiéndolo en facciones irreconciliables, lo que también afectó a su célebre columna vertebral, el movimiento sindical, dividido en cinco sectores, uno más desprestigiado que el otro, pero todos carentes de representatividad.

La gran fuerza política que hoy manda es sin duda la opinión pública, que se expresó por el cambio en las últimas elecciones y que, a pesar de la herencia recibida de un país devastado, sigue apostando y apoyando con esperanza a los equipos del oficialismo, que, por constituir una renovación de la clase política, están libres del desprestigio y rechazo de aquellos que nos condujeron desde 1983.

La mayoría del pueblo argentino se expresó espontáneamente el 1º de abril a lo largo y ancho del país apoyando con sacrificio, pero lleno de esperanza, el duro camino para volver a que nuestra patria sea un Estado previsible. También para restablecer la unidad nacional que tan sabiamente expresaron nuestros padres fundadores en el Preámbulo de nuestra Constitución y que, lograda en su momento, nos convirtió en uno de los siete países más ricos del mundo.

Esa es hoy una inmensa mayoría silenciosa que apoya el cambio que los argentinos deseamos.

La ejemplaridad de los gobernantes es fundamental para este fin, luego de tanta impúdica corrupción, obscenamente festejada por una minoría marginal, prebendaria y también corrupta, que esta mayoría rechaza.

Las elecciones de medio término seguramente van a ratificar el duro camino de ajustes imprescindibles que el país necesita. Y el Gobierno tendrá la oportunidad de demostrar que el cambio es posible y que vino para quedarse, y que la coalición que integra puede convertirse en un nuevo partido, imprescindible en toda democracia, con una visión moderna de la conducción del Estado y que pueda constituirse en líder regional en Sudamérica.

Después de tanta corrupción generalizada en este subcontinente, del desprestigio que el populismo le ha producido a la política, parece que la sociedad ansía que esta sea, como decía Aristóteles, la actividad más noble porque se ocupa de los demás; es decir, del bien común.

* Abogado