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La estatua de Cristina

Lo que hizo de una manera sutil y sofisticada la usina propagandista es buscar una heroína del pasado cuya historia tenga elementos que permitan equipararla con el presente de Cristina.

25 de julio de 2015 a las 12:01 a. m.
La estatua de Cristina

En la desopilante batalla que se libró detrás de la Casa Rosada, Juana Azurduy derrotó a Cristóbal Colón.

La patriota de Chuquisaca no sólo representó a la lucha independentista contra el ­ejército realista en el Alto Perú; también representó a Cristina enfrentando a Clarín, “la derecha” y los fondos buitre.

En cambio, la estatua de Colón –en lugar de representar la proeza de la exploración y la ciencia que cambió la cosmovisión, sentó los cimientos de la oceanografía, rediseñó el mundo y modificó la historia– encarnó la colonización genocida del pasado y los colonizadores codiciosos del presente: el capital global, los fondos buitre y sus agentes internos.

Ese es el mensaje al subcons­ciente colectivo que elucubró la eficaz usina de propaganda que construye el culto personalista a la Presidenta. En ese subconsciente social, Colón se confunde no sólo con Francisco Pizarro y Hernán Cortez; también con los actuales “enemigos de la patria”.

Por eso era la estatua de ­Colón a la que debía reemplazar el monumento a Juana. Tenía que ser esa, para construir la metáfora de la “segunda independencia”. Y tenía

que ser ella por el rasgo común entre su historia y la de Cristina: la viudez que las dejó solas en los liderazgos construidos por sus maridos.

Nadie interpretó la batalla de las estatuas que se libró ­junto a la Casa Rosada. La dirigencia opositora no supo ­descifrar el mensaje elaborado por los expertos en culto perso­nalista formados en partidos totalitarios.

Para opositores y antikirchneristas en general, fue otro de esos caprichos a lo María Antonieta que suele tener la Presidenta. Pero fue más que eso.

Sin que el país lo advierta, la viuda que plagó ciudades con monumentos al marido ahora erigió su propia estatua. Si bien no pudo llevar su propio rostro y su propio nombre, la estatua de Juana Azurduy es una estatua de ella misma.

“Segunda independencia”

¿Por qué no puede llevar su cara y su nombre? Porque a esta altura de la historia, ni siquiera en la autoritaria cultura política argentina puede hacerse lo que, en otros tiempos y latitudes, era propio de los déspotas más delirantes y megalómanos.

Josef Stalin, Kim Il Sung, Mao Tse-tung y Enver Hoxha son algunos ejemplos del personalismo que se dedicó estatuas en vida. Los monumentos que erigieron de sí mismos Saddam Hussein y Hafez el-Asad son ejemplos en el nacionalismo populista árabe.

En África, lo hicieron tiranos como el congolés Mobutu, y en Latinoamérica, dictadores sanguinarios como Anastasio Somoza, Rafael Trujillo, Francois Duvalier y Alfredo Stroessner.

Más cerca en el tiempo, personajes estrafalarios como el kazajo Nursultan Nasarvayev y el turkmeno Saparmurad Niyasov plagaron sus países centroasiáticos con estatuas propias. Y ahora erigió en la plaza central de Ashjabad una estatua bañada en oro –copiada de la de Pedro el Grande en San Petersburgo– el actual presidente de Turkmenistán, Gurbangulí Berdimujamedov.

Es obvio que Cristina no está en esos extremos, pero tampoco está en las antípodas, donde deben estar los mandatarios demócratas.

En Argentina, el poder puede cometer (y comete) todo tipo de atropellos y arbitrariedades en la cara de una sociedad distraída y consumista. Lo que todavía no puede un gobernante es levantar en vida una estatua de sí mismo para glorificarse sin hacer el ridículo.

Por eso, del mismo modo que el autoritarismo muta en el espacio y el tiempo, también mutan las formas en las que se expresa la megalomanía y el culto personalista.

Lo que hizo de una manera sutil y sofisticada la usina propagandista es buscar una heroína del pasado cuya historia tenga elementos que permitan equipararla con el presente de Cristina.

Una vida paralela para que en el subconsciente nacional, Cristina sea la heroína de “la segunda independencia” que enfrentó en este tiempo las adversidades y los villanos de su alter ego decimonónico en la “primera” independencia.

Cuando la Presidenta mira desde las ventanas de su despacho la estatua de Juana Azurduy, se ve a ella misma. Al fin de cuentas, la valerosa Juana también acompañó a su marido en una gesta emancipadora y, tras la muerte de este, asumió la comandancia de la milicia y del territorio que él lideraba.

Al morir el general Ascencio Padilla, la coronela de Chuquisaca que quedaba viuda ocupó la jefatura de la guerrilla y el mando de la llamada “Republiqueta de La Laguna”, para continuar la lucha de ese esposo al que terminó superando ampliamente en la historia.

Igual que Cristina, que acompañó al marido en “la proeza de la segunda inde­pendencia” hasta que, muerto Néstor, se convirtió en la viuda “heroica” que comandó el Frente para la Victoria y lideró el país para consolidar “la segunda independencia”.

El relato de su culto personalista insinúa que también ella, como Juana, está con­quistando en la historia un capítulo más glorioso que su difunto esposo.

En la oposición, destellan mentes capaces y algunos pocos discursos que explican la corrupción en gran escala y el copamiento de la Justicia para encubrir a los propios y perseguir a los “enemigos”. Pero su denuncia de la falsedad del relato es superficial. La oposición no alcanza a entender el mecanismo más sutil de la propaganda del culto personalista.

Por eso no supo interpretar la batalla de las estatuas.