La desolación íntima de la pobreza
¿Qué hacen las sociedades con las franjas del pueblo que quedan al costado del camino? ¿Simplemente las ignoran y siguen su marcha?
Cada historia individual, cada vida que se hunde en el drama de la necesidad, de la frustración, de la falta de oportunidad, nunca sentirá como amparo el hecho de presentirse apuntada en el amasijo de una estadística.
Será, siempre, una desolación íntima, un naufragio individual, pues el dolor siempre se transita de uno en uno, aunque los males de muchos puedan acompañar (dicen que el viejo dicho “Mal de muchos, consuelo de tontos” en realidad decía: “Mal de muchos, consuelo de todos”).
Luego, cuando se exponen en números impresos los inquietantes porcentajes, se siente como un puñal en el corazón de la sociedad. Pero es esa misma con la que uno se ha cruzado y tenía caras de facciones duras, miradas que apenas si alcanzan a ver lo que está ahí nomás, adelante.
La cara de la pobreza tiene ojos, labios y respira el aliento de un nombre, de millones de nombres uno por uno.
Estos son tiempos de estadísticas sobre los escritorios, con porcentajes estremecedores, ya sea en el país o en la provincia, mientras se discute incluso cómo son los caminos para llegar a esos números.
Más allá de lo que se argumente, todo indica que el mar de la pobreza se ensancha, pues se profundiza el adverso panorama socioeconómico.
El jueves, en el Tedéum del 25 de Mayo en la Catedral porteña, quedaron resonando las palabras que el arzobispo Mario Poli dijo ante la presencia del presidente Mauricio Macri: “La inequidad genera violencia”.
A la vez, de la pobreza, dijo: “Los porcentajes invisibilizan el dolor de las familias”.
Inequidad es la palabra apropiada, pues acaso no sólo habla de lo desigual, sino de lo injusto de lo desigual, es decir del abuso en la distribución de la riqueza, de la clausura de oportunidades, de la naturalización de la pobreza cuando se mira no sólo con resignación sino ya con indiferencia las caras de angustia de la pobreza que cruzan en una esquina cuando el semáforo les da paso.
¿Qué hacen las sociedades con las franjas del pueblo que quedan al costado del camino? ¿Simplemente las ignoran y siguen su marcha? ¿O se detienen a tenderles una mano, que en todos los casos no es otra cosa que tenderla a sí mismas, aunque no abunden los ojos que vean las cosas de este modo, sobre todo entre los más o menos acomodados?
Mientras tanto, la pobreza es en sí misma un acto de violencia capaz de desatar otros, como los del estigma de la inseguridad: la delincuencia y la marginalidad no son designios biológicos, sino sobre todo frutos de la inequidad y los retorcimientos sociales.

