La democracia de la calle y la nueva política
Se advierte el retorno del viejo populismo, que privilegia la relación líder-masa por encima del pluralismo, la alternancia de diferentes partidos en el gobierno y el respeto de las reglas del sistema republicano. Julio César Moreno.
Han transcurrido alrededor de 25 años desde el inicio de la transición a la democracia en América latina, que abarcó prácticamente a toda la región, con la sola excepción de Cuba, que es un caso aparte y que recién ahora está dando algunos pasos en dirección a una apertura económica y política limitada. En este cuarto de siglo hay democracias más consolidadas que otras; entre aquéllas, países como México, Brasil, Chile y Uruguay en primer lugar, y detrás Perú, Colombia o la Argentina. Pero hay rasgos comunes que valen para todos, como la emergencia de formas de democracia directa o "de la calle", como la denominan algunos autores; la crisis de identidad y la disgregación de muchos de los partidos tradicionales; el auge de la violencia urbana y rural, y el debilitamiento de las instituciones republicanas. También se advierte el retorno del viejo populismo, que privilegia la relación líder-masa por encima del pluralismo, la alternancia de diferentes partidos en el gobierno y el respeto de las reglas del sistema republicano.Hay países como Chile o Uruguay donde la diferencia entre centroizquierda y centroderecha es más clara y estable, pero en otros –como la Argentina– prácticamente se han borrado los rasgos que distinguían históricamente a los partidos. En nuestro país hay varios peronismos, varios radicalismos y varios socialismos, a lo que hay que agregar la existencia de una heterogénea "liga de gobernadores" de diferente y cambiante color político y de "redes de intendentes" que, en lugares como el conurbano bonaerense, tienen un gran peso. Pero la "democracia de la calle" se yuxtapone con todos los sistemas políticos y se expresa de las más variadas formas. El principio constitucional que dice que el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes se ha debilitado: hay una especie de autorrepresentación de vastos sectores de la ciudadanía que, si bien no gobiernan, deliberan e influyen en los actos de gobierno, como ocurre permanentemente en la Argentina.Pero no todo es nuevo en la viña del Señor. En realidad, el de la democracia directa es un viejo tema de la teoría política y estuvo en los programas del anarquismo y del socialismo en sus primeras fases. Baste hojear un libro como La rebelión de las masas , de Ortega y Gasset, para entender que son temas que estuvieron presentes a lo largo del siglo pasado y que forman, desde entonces, parte de la realidad social y política de nuestro tiempo. En la década de 1960 –es decir hace medio siglo– la sociología académica argentina elaboró nociones como los "factores de poder" y "grupos de presión". Ubicó entre los primeros a las Fuerzas Armadas y entre los segundos a las corporaciones económicas y a los sindicatos. Y vaya si estos sectores tuvieron una enorme influencia en estas décadas. El poder sindical no nació con Hugo Moyano, sino durante la presidencia de Arturo Frondizi, cuando en 1958 el Congreso aprobó la Ley de Asociaciones Profesionales, que establecía el sindicato único por rama o actividad, y también durante la presidencia del dictador Juan Carlos Onganía, quien 10 años después entregó por decreto las obras sociales a los sindicatos. Al presidente Arturo Illia los sindicatos lo combatieron con un inédito plan de ocupaciones de fábricas y durante el gobierno de Raúl Alfonsín hubo 13 paros generales de la CGT. No todo es nuevo, pues, en la historia, aunque sí hay algunas cosas nuevas.

