La ciudadanía manoseada
Hablar de ciudadanía es hablar de democracia, de la razonable y garantizada efectivización de deberes y derechos establecidos por la Constitución y el pleno imperio de la ley. Miguel Pérez Gaudio.
Hablar de ciudadanía es hablar de democracia, de la razonable y garantizada efectivización de deberes y derechos establecidos por la Constitución y el pleno imperio de la ley. Las bases de la ciudadanía están negadas por la indiferencia. Esta situación no se repara por el solo hecho del ejercicio del voto de vez en cuando. Los hechos demuestran que estamos muy mal en la articulación de lo legal y lo justo, en las garantías del bienestar general y en la calidad de vida personal y comunitaria. Veamos qué demuestra la violación, sistemática y humillante, del contrato social de convivencia y progreso: Salud pública: desde los hospitales públicos, los paros sorpresivos son cada vez más frecuentes, y fragmentados e inconsecuentes desde las obras sociales. Transporte: las corporaciones que detentan su poder, paran contra la población cuantas veces se les ocurre. Seguridad frente a la delincuencia: es perversa, contagiosa e inextinguible, y no es cuestión de creer que se está mejor porque los indicadores colectivos restringen ciclos de declinación. El miedo es una constante general e instala la ideología de la angustia. Energía: privación y especulación cíclica en materia de provisión de gas domiciliario fuera de la red. En cuanto a la electricidad, los cortes constituyen una asechanza plagada de perturbaciones con rutinaria frecuencia. Jubilados: el sistema los mantiene en pasividad de derechos y sujetos de extorsión, por imperio de las especulaciones financieras de los presupuestos estatales, aun a costa de negarles las acordadas de la Corte Suprema de Justicia y exponerlos como botín de la politiquería oficialista y opositora. Cloacas: comprobable en la ciudad de Córdoba, donde se improvisa sobre la preservación y derivación de la basura sólida, pero no se combate en lo coyuntural y estructural la basura líquida putrefacta de las cloacas, tolerada como regaderos viales, corrientes e impredecibles desde cualquier parte de la geografía urbana. Servicios de atención al cliente: los famosos 0-800 para reclamos, que se convierten en comunicaciones fantasmagóricas o claudicantes y que se sufren tanto en el orden estatal como privado. Y qué hablar de las garantías de contratos de servicios y posventa. Alumbrado público: más que un servicio pésimamente implementado y conservado, con su privación se convierte en una formidable logística de facilitación de delitos, impunidad y relativa garantía para transitar la noche. Paros corporativos: los resueltos contra la gente por cualquier gremio que sepa que, con ello, más que conmover a la contraparte, se ensaña, valiéndose de una herramienta de extorsión, toda vez que golpea a la ciudadanía sin importar sus consecuencias. Podríamos seguir enumerando estas calamidades que revelan la mentira de que exista una democracia ciudadana en preservación de los derechos que le asisten. Cabe plantearse ya no sólo la negación de la categoría del ciudadano, sino la de un paria en su condición máxima de persona humana.Por último, si los gobernantes, políticos, empresarios y gremialistas no lo saben, la base de la ciudadanía se constituye por los derechos políticos, civiles y sociales. Quienes se los nieguen, además de tramposos, son antidemocráticos. De allí que el periodismo tiene como misión, ante tantos desatinos y amnesia, no sólo crear una verdadera conciencia ciudadana, sobre todo mejor informada, y colaborar con ella para que se anime a ejercer el poder de controlar, reclamar y expresar expectativas.
*Rector del Colegio Universitario de Periodismo (CUP)

