La camiseta nacional y la patria de Messi
Messi no terminó de crecer entre nosotros, pero es uno de nosotros, aunque haya costado un poco más hacérselo sentir. Alejandro Mareco.
¿Qué hubiera sido de Lionel Messi sin la camiseta argentina?; ¿acaso un pibe sin patria? Hasta antes del comienzo del Mundial, muchos otros hijos de este pueblo señalaban al jugador del Barcelona como un pibe con dificultades sensibles para asumir la condición argentina que le daba su nacimiento. Claro, se había ido a España cuando apenas tenía 13 años y allá no sólo que lo ayudaron a salir adelante frente a sus problemas de crecimiento, sino que también lo terminaron de criar entre mimos y alabanzas por su talento futbolístico y, sobre todo, le confirmaron el destino de privilegio que sus piernas ya le habían anunciado.
Preguntemos a cualquiera de nuestros inmigrantes o a quienes sostienen sus memorias si semejantes cuidados, en especial recibidos aun en la niñez, no hubieran bastado para considerar como verdadera patria a la de adopción. La mayoría de los abuelos que vinieron de Europa, por ejemplo, quedaron tan agradecidos a este suelo que les dio una oportunidad frente al hambre y la miseria que los desalojó de sus lugares originales, que echaron aquí raíces definitivas, incluidas las de sus descendientes. Es que ésta ya no era esa patria que se decidía desde el pasado, sino una que anclaba su pertenencia en el futuro.
Por supuesto, Messi fue tratado de ese modo porque era un diamante al que sólo había que terminar de pulir, siempre con la certeza de que se calzaría en el mejor de los anillos. Ocurrió con el albor del nuevo siglo, en tiempos en los que el negocio implacable del fútbol busca alimento en las carnes más frescas, y es así como hoy es posible que el talento argentino se exporte ya sin pulir (una especie de versión del país exportador de materia prima, que es más barata y reparte pocos dividendos aquí y muchos allá).
Pero Messi no estaba libre de largarse a volar por el mundo y elegir su patria. Ya tenía una, decidida por su condición de futbolista: su camiseta de selección no sería otra que la celeste y blanca, siempre y cuando los conductores del fútbol nuestro estuvieran un poquito despiertos como para convocarlo a que la vistiera.
Antes de los años \'60, los jugadores podían defender los colores de la nacionalidad del club que los contrataba. Así pasó, por ejemplo, con Di Stéfano que, además de Argentina, jugó para Colombia y España, y con Maschio, Rossi y Angelillo, que se pusieron la nuestra y la italiana. En un gesto que tuvo la poco habitual intención de igualar, la Fifa determinó que cuando un jugador ya había vestido la camiseta de una selección, incluso en juveniles, ya no podía calzarse otra. Acaso esa decisión hizo que los mundiales crecieran en su poder de atracción de las multitudes, y no hubiera sido un juego reservado sólo para países adinerados. Messi no terminó de crecer entre nosotros, pero es uno de nosotros, aunque haya costado un poco más hacérselo sentir (Maradona y sus muchachos han hecho mucho por eso). Y vaya si nos sentimos afortunados, sobre todo porque un brillante jugador sabe que si quiere conquistar el cielo completo tiene que triunfar en un Mundial.
Que así sea.

