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A la buena de Dios

Luego de una tregua, la Municipalidad de Córdoba está otra vez en el ojo de la tormenta. Julio C. Perotti.

20 de junio de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
A la buena de Dios

Si nada más fuesen las siete plagas... pero son más, muchas más, las que sufren cada día los habitantes de la ciudad de Córdoba.

Cloacas que revientan como un volcán y llenan de excremento calles y hasta locales comerciales.

Transporte que de golpe se detiene por problemas gremiales o juicios que aún se ventilan en los tribunales.

Baches que son la delicia de quienes arreglan trenes delanteros.

Cementerios que dejan a los deudos llorando el dolor por la pérdida, pero también por el maltrato a sus muertos.

Tránsito en caos permanente o cada dos por tres, porque los inspectores deciden que algo falta para cumplir sus tareas.

Calles que se convierten en ríos indómitos cuando llueve, porque los desagües están tapados... o no están.

Oscuridad en los barrios, convertidos en el paraíso de los ladrones.

Salud resentida en los imprescindibles dispensarios de la periferia, con fuerte impacto en madres e hijos.

Noche sin control que, para peor, exhibe a funcionarios bailando con alegría en lugares no habilitados.

Residuos sin destino definido, después de que jaquearon durante años a un indefenso pueblo vecino y que hoy no encuentran lugar en el que no molesten.

Centro convertido en un mercado persa, indigno hasta de una ciudad pobre del cuarto mundo.

Y ciudadanos que quieren pagar sus impuestos o hacer sus trámites, pero no lo logran porque no hay quienes los atiendan. Los muchachos siempre están de asamblea.

Córdoba, de aquella docta a esta ciudad en la que vivir puede ser un suplicio. Puesto en este contexto, ¿no es acaso razonable que recrudezca el malestar de los vecinos, que se exacerbe un estado de crispación?

Goles, pero en contra. Definitivamente, el intendente Daniel Giacomino no le encuentra la vuelta a una gestión que sólo aparece sostenida por la esperanza de obtener fondos del poder kirchnerista nacional que le habilita alguna que otra obra pública.

A mitad de la semana que pasó, cuando todos esperaban lo que fue la goleada de Argentina frente a Corea del Sur en Sudáfrica, cinco conflictos unieron al personal municipal contra la gestión de Giacomino. Un motivo: la decisión de trasladar a 15 empleados a otra dependencia, en la que, se supone, deben cumplir tareas similares a las que tenían. Otro motivo: el siempre vigente reclamo salarial, sea por aumentos o por deudas.

Luego de una tregua, la Municipalidad volvió a quedar en el ojo de la tormenta y, a la inflexibilidad de un gremio que no entiende que sus representados son servidores públicos, se suma la escasa capacidad de resolución que exhibieron hasta ahora los negociadores de turno.

De momento, sólo queda la esperanza puesta en el diálogo que lideran, desde el Departamento Ejecutivo, los secretarios Gabriel Bermúdez (Economía) y Walter Arriola (Gobierno), además de Carlos Varas, asesor letrado, y la conducción del sindicato municipal (Suoem), encabezada por Rubén Daniele.

"La relación con el gremio debe manejarse con mucha cintura", sostiene un hombre que trató con ellos en etapas anteriores. Lo cierto es que el conflicto con los inspectores desplazados viene desde el verano.

Suerte la de Giacomino, que no tiene ataques políticos externos de envergadura, como ocurrió en otras épocas.

Mala fortuna la de no comprender que la gestión debe asentarse sobre bases partidarias sólidas y sobre consensos sociales.

Mal que les pese al intendente y a su escuálido gabinete, además del mal aroma que se desprende de las cloacas, los cordobeses huelen un vacío de poder.

De ayer a hoy. De aquel Giacomino que llegó ungido por Luis Juez para cuidarle el patio trasero de su armado político a éste, han pasado varias etapas que, lejos de consolidarlo, lo muestran cada vez más solo en Córdoba y cada vez más pendiente del buen humor del kirchnerismo.

El desgajamiento del Frente Cívico y Social fue mucho más que la ruptura de un pacto de lealtad que se habían jurado Juez y Giacomino frente a las cámaras para la campaña publicitaria previa a las elecciones.

El primer chisporroteo se vivió de arranque: cuando Juez gritaba a los cuatro vientos que el peronismo le había "robado" la elección en favor de Juan Schiaretti, esperaba de Giacomino un respaldo sin fisuras.

Pero Giacomino había logrado su objetivo -la intendencia- y no estaba dispuesto a pensar en un renunciamiento como por entonces pedía Juez a todos los electos, en señal de repudio. También era ilógico que lo hubiera hecho.

Las quejas posteriores de Giacomino sobre la herencia recibida, con el nombramiento de varios centenares de personas en la planta municipal en las postrimerías de la gestión de Juez, no pasaron de ser una polémica momentánea.

Lo cierto es que, ya sin Giacomino a su lado, Juez pudo argumentar que todas las críticas eran parte de esa pelea. Si la sociedad cordobesa compró uno u otro argumento, ya es una cuestión que devino abstracta.

Más desgajamiento. Alejado de su genética juecista, Giacomino recaló sobre el grupo panradical de Guillermo Luque y Francisco Delich y sobre esa base armó su gabinete.

Pero en el verano pasado, la incursión en la gestión de la esposa de Giacomino, Gabriela Almagro, eyectó a Luque y a todo su grupo.

Otra razón pesó también en la salida de Luque, Delich y otros funcionarios: el pase total de Giacomino a las filas kirchneristas que implicó, incluso, la designación de Simón Dasenchich en el área de Obras Públicas, a la cual -se suponía- iban a fluir los recursos nacionales para que Córdoba despegara.

Casi en simultáneo, el viceintendente Carlos Vicente mostró señales de independencia y, poco después, decidió también no aceptar la profesión de fe kirchnerista; por ende, partió a armar un esquema más ligado a la centroizquierda.

En el medio, fueron surgiendo apariciones públicas con el gobernador Juan Schiaretti en una coincidencia táctica: mostrarse ambos como la contracara de la feroz disputa entre José Manuel de la Sota y Juez, cuando eran gobernador e intendente, respectivamente.

Todas esas idas y vueltas significaron cambios de funcionarios de manera permanente. De hecho, no se registra en la historia contemporánea un gabinete de cualquier gobernante que haya mutado tanto de inquilinos en las sillas.

En definitiva, una construcción política en estado de volatilidad, que altera lo funcional de la Municipalidad, y barquinazos que revelan la inexistencia de un plan de acción. Las oportunidades de lograr una alianza social que preserve a Giacomino de los embates gremiales están pasando. ¿Aún hay esperanzas o sólo queda resignación y sentirse a la buena de Dios?