Juegos Olímpicos y la estética de la eliminación
La veneración de la perfección física y la preocupación egoísta por la victoria, más allá de cuánto le cueste al contrincante, persisten aquí y ahora. Marcelo Polakoff.
Por favor que este texto no se lea como lo que no es: una afrenta a los Juegos Olímpicos. Se trata sólo de un pequeño ejercicio reflexivo que intenta navegar entre los paradigmas que subyacen a los juegos que hoy cubren el cielo londinense. En otra época era Olimpia, una ciudad emplazada en pleno territorio griego para adorar a su montaña más alta, el Olimpo, vítreo hogar de sus múltiples dioses. Aquellos personajes antológicos teñían sus extensos siglos de pasiones, revanchas, sangres y duelos en incontables batallas, de las que muy pocas veces los semidioses y los humanos salían indemnes. En ese marco pagano, los Juegos Olímpicos nacen como la interrupción ideal para las guerras. Mientras se afilaban las espadas y se preparaban los ejércitos para seguir sus luchas, la contienda se traspasaba a la escena deportiva, o seudodeportiva. La desnudez obligatoria de los atletas, sus batallas (en muchos casos a muerte) y la emulación de sus dioses que no se detendrían frente a nada con tal de ocupar la cima del panteón olímpico, irán modelando parte de nuestra civilización.La estética de los cuerpos y la competencia desmedida por la victoria se tornarán así en objetos de culto, y nada casualmente una bella divinidad será coronada como la diosa del triunfo: "Niké". ¿O acaso de dónde creían que viene el nombre de la famosa marca deportiva? ¿No reconocen, de paso, en el vocablo "aniquilar" esa helénica "Niké" original?Aquel legado no se ha perdido. Tal vez se horadó la cáscara mítica más primitiva, pero la veneración de la perfección física y la preocupación egoísta por la victoria, más allá de cuánto le cueste al contrincante, persisten aquí y ahora. Winston Churchill, un ilustre inglés que fue además Nobel de Literatura, en su obra History of the Second World War señalaba: "Ningún otro par de razas (salvo la judía y la griega) ha dejado una huella tan profunda en el mundo. Desde ángulos distintos, cada una de ellas nos ha legado su genio y su sabiduría. No ha habido ciudades que contaran más para la humanidad que Atenas y Jerusalén. Sus enseñanzas en religión, filosofía y arte han sido la principal luz rectora en la cultura y la fe modernas. Personalmente, yo siempre he estado del lado de ambas".Esta dupla conceptual de Atenas (incluida Olimpia) y Jerusalén aun nos revela sus ecos en lo cotidiano. En muchos aspectos se complementan, pero en otros se distancian bastante.Sin intentar simplificar demasiado los tantos, se podría afirmar que mientras en Atenas se buscaba lo bello, en Jerusalén se ansiaba lo justo. La estética prevalecía en Grecia, mientras que en Israel la ética ocupaba el foco de la búsqueda. La imagen era idolatrada en Atenas, pero la palabra era lo que se ensalzaba en Jerusalén. El culto helénico del cuerpo se trocaba por una preocupación más judaica de las almas (a pesar de que esta dicotomía era paradójicamente de origen griego).Es obvio cuál óptica ha venido prevaleciendo. Tal vez el recuerdo de los 40 años que pasaron desde los Juegos Olímpicos de Munich, cuando un comando terrorista aniquiló a 11 atletas israelíes y a un policía alemán, muestre a las claras que –sin omitir la estética ni la competencia– sería deseable que ambas estén siempre al servicio de la ética y la cooperación.No me encomendaré a Niké para que eso suceda.

