El interés nacional como causa común
En el exterior nos ven con buenos ojos cuando les somos carne de grandes negocios; pero si defendemos nuestros intereses, dejamos de caerles simpáticos. Alejandro Mareco.
¿Cómo fue que llegamos a este instante de la historia, a este presente tan especial, tan cargado de futuro? Que la expropiación (recuperación, renacionalización) de YPF tenga el apoyo de las principales fuerzas políticas populares del país ha marcado uno de los momentos más intensos desde que recuperamos la democracia, hace ya muy largos 28 años. Que entre peronistas (sobre todo kirchneristas), radicales, socialistas y algunas versiones de la izquierda se hayan puesto de acuerdo en que esta es una decisión argentina y no de un partido o gobierno, quedará grabado en la historia. Aunque cada cual con sus matices, con diferencias sobre las formas elegidas para retomar el control de la empresa y con críticas de la oposición por las responsabilidades del Gobierno en el proceso que llevó a este final. Y que lo hayan hecho en el Congreso, afirmando una actitud responsable frente a grandes decisiones, representó acaso un aire fresco para la imagen de la dirigencia política, tan vituperada en la década de 1990, cuando por ejemplo se tomaron determinaciones trascendentes como la privatización de Gas del Estado con la ayuda del voto de un “diputrucho”. En estas últimas décadas (sobre todo en los ’80), mucho se habló de que, para ser venturosos como los españoles, deberíamos hacer como ellos, que cuando salieron de la dictadura de 40 años de Francisco Franco, sus partidos políticos firmaron el Pacto de la Moncloa por el que se comprometían a integrarse a Europa: la geografía les daba la posibilidad de acceder al dinero disponible de los vecinos para sumarse al tren del desarrollo que ellos tenían (aunque una de las condiciones fue tender un manto de olvido sobre los crímenes del franquismo). Claro que ya no es tan venturosa la fórmula europea, que se pisa a sí misma los cordones de sus zapatos neoliberales. En estos días, mientras tanto, hay quienes han cuestionado severamente el apoyo de la oposición al proyecto presentado por el Ejecutivo (quizá el que, proveniente de ese origen, más respaldo tuvo desde un largo tiempo a esta parte). Por ejemplo, hace una semana, el periodista Mariano Grondona llamó “tibios” a los opositores que apoyaron la iniciativa y argumentó que la oposición está para oponerse. En ese sentido, ejemplificó, con elogios, el bipartidismo de los países más desarrollados, que se alternan en el poder. Lo que no dijo, precisamente, es que los republicanos y los demócratas de Estados Unidos dejan de lado toda diferencia cuando se trata de invadir a Libia y Afganistán; o que no hay discusión entre los socialistas y la derecha española a la hora de unirse en la defensa de sus capitales en el exterior, como no la hubo entre la izquierda y la derecha francesas cuando se trató de matar a un millón de argelinos en la década de 1960, para tratar de mantener la condición colonial de Argelia. Y sobran los ejemplos. Es decir, si esos países son lo que son es, precisamente, porque sus fuerzas son capaces de actuar en la misma dirección cuando se trata del interés nacional, más allá de las diferencias de miradas sobre otros temas. Es que no hay un proyecto de realización política y social posible sin ese punto de partida. También vale recordar que nuestra imagen frente a los poderosos del mundo es inversamente proporcional a nuestros intereses: si nos ven con buenos ojos es porque les somos carne de grandes negocios; si defendemos nuestros intereses, dejamos de caerles simpáticos. Por eso, lo sucedido alrededor de la reestatización de YPF (como también pasó hace unas semanas con la causa Malvinas) marca un punto de madurez digno de celebrar. Ahora es el turno de demostrar que podemos gestionar la petrolera. Y seguramente allí oficialismo y oposición volverán a discrepar.

