Temas del día:

Incertidumbre económica mundial

La Reserva Federal de Estados Unidos inunda con dólares al país y al mundo entero y hace operaciones típicas de bancos comerciales sin preocuparse por la ortodoxia. Los responsables de los desmanes no han sido castigados. Fernando Henrique Cardoso.

16 de octubre de 2011 a las 12:01 a. m.
Fernando Henrique Cardoso*
Incertidumbre económica mundial

Para quien ya sufrió las consecuencias de varias crisis financieras internacionales, no llega a ser sorprendente lo que está ocurriendo en los países más desarrollados de Europa, contagiados por el descalabro que tuvo origen en los países menos desarrollados de la región. En el pasado reciente, los bancos centrales y los ministros de finanzas de las naciones más desarrolladas procuraban mostrar que no había forma de equiparar la situación de su país con la tragedia que ocurría en otro. Las situaciones fiscales no eran las mismas, la proporción de la deuda en relación con el producto interno bruto (PIB) no era tan grande. En un caso, la deuda interna estaba en manos de los agentes financieros internacionales y se denominaba en dólares; en otros, eran los ahorristas nacionales los que prestaban a los gobiernos locales en la moneda del país. Pero casi siempre había una variable crítica: el cambiante nivel de confianza de los agentes del mercado financiero internacional. Cuando se instalaba la desconfianza respecto de la solidez de las cuentas fiscales o externas de un determinado grupo de países relacionados de alguna manera, los argumentos sobre las diferencias perdían fuerza. Y cambiaban poco si surgía el fantasma de la suspensión de pagos, de la moratoria, como se decía. El recetario del Fondo Monetario Internacional (FMI) tampoco ponía atención a las diferencias. Exigía siempre más de lo mismo, a veces no sin alguna razón: ajuste fiscal, reforma patrimonial del Estado, etcétera. Pero hacía oídos sordos a la exigencia de que hubiera más regulación del mercado financiero internacional. Era lo que pedíamos a la comunidad internacional quienes dirigíamos los países en aquella época de aflicciones. Contener la especulación. Reclamábamos mayor regulación internacional para contener la especulación contra las monedas nacionales; esto es, crear fondos de auxilio más grandes y de más fácil acceso, el fortalecimiento de la base financiera del FMI y el perfeccionamiento de sus prácticas. Era preciso que se atendiera con mayor rapidez a los países con crisis de liquidez y se les impusieran menos condiciones; esto es, las imposiciones restrictivas a la política económica y fiscal de los países deudores, pues si el ajuste fiscal rebasaba determinado punto, se impediría la reactivación del crecimiento económico. La tasa Tobin. Para financiar los nuevos fondos, algunos de nosotros relanzamos la idea de la tasa Tobin, un impuesto a las transacciones financieras internacionales, a pesar de los reclamos continuos de los especialistas respecto de los efectos de ese tipo de gravamen. Algunos países emergentes tuvieron mejores condiciones para negociar con el FMI, como fue el caso de Brasil, que en 1994 había aplicado el Plan Real por su cuenta y riesgo, sin el aval del Fondo. Con el Plan Real modificamos drásticamente las bases de la política fiscal, saneamos las finanzas de la Federación y de los estados, impusimos reglas severas al sistema financiero siguiendo las recomendaciones de Basilea para controlar el apalancamiento; es decir, los préstamos sin una base adecuada de capital propio en los bancos. Al mismo tiempo, al privatizar no descuidamos ampliar la competencia y mantener activos los instrumentos públicos de crédito en el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (Bndes) y en el Banco de Brasil, volviéndolos capaces de reestructurar empresas nacionales o localizadas en el país. Acompañando esas medidas, los sucesivos gobiernos apoyaron un aumento constante del salario mínimo real. A partir de 2000, fue posible crear una red de protección social de la cual las Bolsas Familiares (transferencia directa de ingresos a familias pobres), iniciadas con nombres diferentes, se convirtieron en símbolo de la inclusión social, disminuyendo la pobreza y reduciendo un poco las desigualdades. Ahora, por primera vez, los países más desarrollados sienten las consecuencias de la falta de regulación del sistema financiero. Al observar lo que ocurre en la economía global, nos topamos con una situación incierta. La regulación financiera propuesta en las reuniones del Grupo de los 20 (países industrializados y emergentes) ha encontrado dificultades para realizarse, dado la diversidad de los intereses nacionales que convergen en ese grupo. Cada banco central opera como mejor le parece. La Reserva Federal de Estados Unidos inunda con dólares y hace operaciones típicas de bancos comerciales sin preocuparse por la ortodoxia. Los responsables de los desmanes no han sido castigados, sino que reciben bonos (al contrario de lo que ocurrió en el programa brasileño de saneamiento del sistema financiero, que castigó a los banqueros) y el desempleo no cede, y bajan consumo e inversión. El Banco Central Europeo y el FMI exigen a los países en bancarrota virtual sacrificios fiscales que imposibilitan la reanudación del crecimiento y, por tanto, la vuelta a la normalidad. Las tasas de interés se mantienen cerca de cero, sin previsión de cambio, y las economías no reaccionan. En Europa, cada país sigue la política fiscal que desea, pues no hay mecanismos de unificación. El desempleo y el malestar político minan a esos países y la amenaza de la moratoria es su compañero constante. Economías emergentes. De este cuadro, escapan las economías emergentes, China a la cabeza de todas. ¿Hasta cuándo? Es evidente que una recesión prolongada o una gran contracción, como dice el economista estadounidense Kenneth Rogoff, transmitiría sus males a las economías emergentes, por conducto del comercio internacional. Antes de que eso ocurra y el desastre sea mayor, es preciso que haya un entendimiento global. Este debería partir del reconocimiento de que las deudas de algunos países europeos son impagables. Con el nombre de reestructuración o cualquier otro, es preciso aliviar ya la situación de Grecia, de Portugal y eventualmente de España e Italia. Sus deudas internas y externas y la penuria de sus bancos, llenos de títulos de calidad desconocida, no les dan alternativas de reanudación del crecimiento sin una reducción sustancial del valor de sus pasivos. No habrá condiciones político-morales para proceder a tales reestructuraciones sin, al mismo tiempo, distribuir bien el costo de la "socialización de las pérdidas". El grito del inversionista estadounidense Warren Buffett, seguido por millonarios de otros países, muestra el descalabro del Tea Party al querer imponer más tributos a los más pobres, que no tuvieron ninguna responsabilidad en la crisis. Por fin, o el euro se derrite por falta de unificación fiscal, o esta se logra, o la Unión Europea se encoge autorizando a algunos de sus miembros a devaluar y a usar otra vez su moneda nacional. Nada de eso puede hacerse sin un liderazgo político fuerte, dispuesto a redistribuir el poder global y a reorganizar sus bases de decisión. ¿Tendrán fuerza para tanto? He ahí el enigma.*Sociólogo y escritor. Ex presidente de Brasil