De hombres como Manuel estamos hechos
García Ferré era un tipo generoso que, pese a sus frondosos bigotes, no podía dejar de despertar la ternura que generaban sus personajes. Alejandro Mareco.
Quizás una de las versiones melancólicas de la nostalgia sea aquella en la que se añora un tiempo y un lugar en los que nunca se ha vivido, pero que de una manera misteriosa fluye por la sangre hasta el corazón. Acaso sea la conciencia sensible y hasta sentimental de saber que uno no nació sólo con uno, sino que es un río que puede remontarse en decenas de otros ríos que han confluido en un instante presente para que uno, a la vez, despierte otros ríos, más nuevos. Nuestro país, nuestra patria latinoamericana, lleva en las venas sangre inmigrante. Los hombres siempre han emigrado, como que fueron dotados del don de erguirse sobre sus piernas y, en consecuencia, de un poder de caminar superior al de cualquier otra especie. Así salió de África, su hogar original, hacia casi todas las tierras del mundo. Pero fueron los europeos y parte de los asiáticos los que emigraron de la manera en la que se entiende hoy: acorralados por el hambre, las persecuciones políticas y raciales, las guerras o cualquier otra de las desventuras humanas, marcharon a lo que todavía era un mundo nuevo. Y tal vez América se confirmó como mundo nuevo cuando, en la mixtura humana que quedó de los pueblos originarios avasallados y arrasados, los negros encadenados a la esclavitud y los que vinieron desde muy lejos fundieron una nueva versión humana, donde el sentido de pertenencia a una patria es posible que tenga una dosis mayor de futuro que de pasado. Esta sigue siendo una tierra para proyectar, aunque cada vez tenga raíces más profundas. Mucho de la profundidad de esas raíces fueron regadas incluso por inmigrantes de pura cepa, de primera generación, que tenían más o menos frescos el tiempo y el lugar que añoraban, pero que eligieron sembrar aquí y quedarse para ver nacer todas las cosechas que vendrían. Manuel García Ferré fue uno de esos inmigrantes. Vino desde Andalucía cuando tenía 17 años. Aunque ya no era un pibe, como todo dibujante llevaba consigo trazos de la infancia y, sobre todo, una imaginación que tenía la llave para entenderse con los chicos. Creó personajes entrañables, como Hijitus, Larguirucho, Cachavacha y otros tantos que han constado en las notas que siguieron a su muerte, acaecida en la madrugada del viernes. Tenía 83 años, y 66 de argentino, más que suficientes para dejar una huella cultural, lúdica y de pertenencia en los pibes que fueron, que fuimos y que son. Su revista, Anteojito (en la que la patria se volvía tangible en los pósters, las figuritas y los troquelados), era una lucecita que se prendió semana a semana durante casi cuatro décadas y a la que, acaso por esa misma condición de argentina, debió cerrar en los días amargos de 2001. Pero no se quedó de lápices cruzados, sino que siguió produciendo y el cine animado fue su pasión de los últimos años. Manuel era un tipo generoso y sencillo que, pese a sus frondosos bigotes, no podía disimular sus aires de niño ni dejar de despertar ese sentimiento de ternura como el que generaban sus personajes. Frente a él, uno tenía la sensación de que no era un profesional tan impresionante como lo fue, sino un hombre que no sabía dejar de jugar. De hombres como Manuel estamos hechos los argentinos, aunque los ríos arriba que remontemos deban cruzar todo un océano.

