Hogar, dulce hogar
El hogar, dulce hogar, está cambiando en un movimiento, a veces, a puerta cerrada y silenciosamente y, a veces, con estridencias.
Hay una manera singular en la que confluyen dos personas que se casan o, las más de las veces, deciden vivir juntas. Creencias, expectativas, modelos familiares y culturales, recursos y problemáticas individuales, etcétera, son elementos que, contextualizados en una sociedad determinada, hacen que tanto la construcción de esa pareja, el estilo de relación y comunicación, así como las modalidades con las que resuelven sus conflictos y los factores que pueden o no llevar a su ruptura, sean únicos para cada caso en particular.
El hogar, dulce hogar, está cambiando en un movimiento, a veces, a puerta cerrada y silenciosamente y, a veces, con estridencias. Un factor importante, desencadenante de situaciones críticas, es el desempleo o la precariedad laboral.
El problema del trabajo
Cada vez más, se advierte una emergencia de hogares a cargo de mujeres jóvenes, lo que se asocia al fenómeno de feminización de la pobreza. Se caracterizan por ser familias monoparentales a cargo de mujeres con niños pequeños, que a menudo viven de prestado en la casa de algún pariente y en situación de hacinamiento.
Tienen graves problemas para percibir ingresos, les resulta difícil resolver su inserción laboral de otro modo que no sea a través del empleo precario o un subsidio.
En el caso del hombre que a determinada edad queda desvinculado del trabajo, la dimensión del drama que el desempleo le desencadena lo deja fuera de lugar. Ese lugar del que él siente que queda afuera lo establece su ideología machista, a la que no puede modificar y que lo atormenta.
El mandato del rol masculino proveedor refuerza las concepciones tradicionales vigentes respecto de los roles masculinos y femeninos. El hombre debe ser el sostén económico, el jefe de familia, mientras que el papel social de la mujer es la maternidad, la crianza de los hijos y el ámbito familiar.
El trabajo remunerado –aspecto sustancial relacionado con la identidad de género de los hombres– los convierte en los responsables de satisfacer las necesidades materiales de la familia y constituye la condición que define su incuestionable posición de autoridad al interior de ella.
Al quedar excluido del circuito laboral, su vida cotidiana se derrumba con la contundencia de los hechos y, junto con ella, caen los proyectos y expectativas que daban sentido a las acciones, lo que pone en jaque las creencias que el hombre se ha forjado por años acerca de sí mismo, sobre el lugar que ocupa en el mundo y sobre su propia identidad.
Ser pobre y empobrecer más desestructura, situación que es a la vez estructurante de nuevas demandas y de necesidades reivindicatorias, así como de nuevos principios de organización familiar.
En una fluctuante dinámica familiar, el salario del jefe del hogar, cuando lo tiene, muchas veces debe complementarse
con el de los hijos adolescentes, y otras, con el de su mujer, que necesariamente tienen que trabajar para cubrir las necesidades básicas. Se espera de él, por otro lado, que siga actuando como autoridad principal en la disciplina de los hijos.
Las mujeres que por diversas circunstancias se convierten en cabezas de familia desempeñan un papel fundamental en la generación de recursos que plantea la reproducción social: vivienda, alimento, convivencia, sensación de seguridad, contención de los hijos y, a menudo, de los adultos mayores que viven con ellos.
Trabaje por elección u obligación, lo cierto es que el impacto de una mujer que trabaja y forma parte activa de la producción no sólo modifica su relación con el hombre, la familia y los hijos, sino que modifica su propia escala de valores y su autoestima.
Nuevos modelos
Muchas veces, por ausencia de las mujeres en el hogar o por la no presencia acostumbrada, es el hombre el que se ocupa de tareas que antes eran competencia casi exclusiva de ellas, lo cual lo fuerza a desarrollar facetas que hacen a los sentimientos y la afectividad.
En un nuevo modelo de familia, se revela la presencia de padres que luchan por la tenencia de sus hijos menores, capaces de incorporar nuevas funciones sin que ello signifique una pérdida de su masculinidad. Aunque no vivan más con su pareja, porque hay una tensión, una brecha entre el amor en la elección de la pareja –que puede acallarse o desaparecer con el tiempo– y la responsabilidad social de los vínculos de parentesco que, comprenden, se extienden toda la vida.
Como lo manifestara la antropóloga Elizabeth Jelin, existe una multiplicidad de formas de vivir en familia. Jóvenes madres que quieren hacer otras cosas además de atender a sus hijos; procesos de divorcios con formación de nuevas parejas o no, con hijos convivientes o no; transformaciones ligadas al proceso de envejecimiento (viudez y hogares unipersonales).
A estos se agregan otras formas de familia más alejadas del ideal de la familia nuclear completa: madres solteras, padres que se hacen cargo de sus hijos después del divorcio, personas que viven solas pero que están inmersas en densas redes familiares, parejas homosexuales con o sin hijos. Todas ellas son familias con derecho a tener derechos.
Lo significativo es reconocer que el afecto dentro de la familia se construye socialmente sobre la base de la cercanía, de la convivencia, de las tareas de cuidado y protección, de la intimidad compartida, de las responsabilidades familiares.
Existe una realidad nueva alrededor de las familias, que se está corporizando y todas las disciplinas deben pensarla, interpretarla, tenerla en cuenta, no condenarla, negarla o excluirla.
El milagro de la vida se impone: siempre habrá un nacimiento. Y, alrededor de él, la oportunidad de crear un vínculo amoroso. Esto permanecerá inamovible. Lo demás puede cambiar.
*Mediadora, magíster en Antropología

