¿Herramienta de campaña u obligación ética?
En las democracias más consolidadas, el debate entre candidatos es parte esencial de la campaña. Lejos de verlo como un problema, los candidatos lo viven como su gran oportunidad.
Por estos días, en la provincia de Córdoba, candidatos, asesores, periodistas y ciudadanos discutimos si está bien o mal que los postulantes a gobernador desistan de participar en un debate. Analizar esto como si fuese sólo una decisión unilateral de un equipo de campaña desenfocaría el tema. Las campañas electorales han cambiado de modo radical en su duración y contenidos. Quizá la vorágine electoral haga que se desdibujen algunos límites entre lo que es una opción y lo que es una obligación.La publicidad política viene marcando tendencias diferenciadoras, pero fue con el nacimiento del marketing político con que terminó de cambiar de manera definitiva la comunicación preelectoral.La profesionalización de los equipos de campaña reemplazó la tarea artesanal que algunos realizaban. Las encuestas son la herramienta más utilizada hoy para conocer la temperatura social, mientras que antes era el instinto u olfato de los dirigentes que trazaban el camino. Los focus groups son un instrumento imprescindible para conocer las razones por las que la gente elige en una dirección y en otra.Es sabido que ningún extremo es bueno, y en nuestro país somos propensos, precisamente, a los extremos. Si décadas atrás era reconocible un dirigente por su vestimenta (traje y corbata, cualquiera fuese su edad) y por la forma de expresarse, hoy también el saco sin corbata, la camisa blanca y las mismas muletillas para armar frases descontracturadas permiten distinguir a un político entre multitudes.Los consultores han estudiado con los mismos textos, las tendencias son las mismas, las sensaciones que producen los colores son iguales en todas partes. Los entrenadores brindan los mismos tips para romper el frío del auditorio. El lenguaje gestual se lleva al extremo y la red social Twitter reemplaza a los voceros de los candidatos.En ese panorama unificador, ¿qué hace la diferencia? En primer término, la capacidad del candidato para generar conversación social alrededor de su agenda o, al menos, de algunos de los ejes de su propuesta. En segundo lugar, algo que no puede enseñarse o aprender: el grado de convicción que tiene cada uno en lo que dice. Siempre se podrá percibir si alguien cree que son conquistables las metas que se propone. Sólo es imprescindible la proximidad.En las democracias más consolidadas, el debate entre candidatos es parte esencial de la campaña. Lejos de verlo como un problema, los candidatos lo viven como su gran oportunidad.La confrontación –entendida en el mejor sentido– contrasta casi como blanco sobre negro, propuestas y promesas, certezas o contradicciones. El debate es esencialmente democrático, ya que no hay oradores de cierre por jerarquía, sino que el sorteo empareja todo. No dependerá del presupuesto disponible para filmar avisos, pues la calidad de la imagen es la misma, con los mismos planos sobre cada uno de los candidatos. Poder ver cómo los postulantes responden preguntas que no conocen de antemano es una expresión de transparencia tan necesaria como conocer su patrimonio. Un debate no es cuestión de suerte: es cuestión de capacidades y preparación. Algo que el votante tiene el derecho a conocer. Poder tener un debate entre los candidatos a gobernador evidencia la calidad institucional de nuestra democracia provincial y de su grado de madurez. Ver a los candidatos debatir no sólo es un derecho que le asiste al ciudadano común, sino que debería ser un espacio deseado por aquellos que creen en lo que dicen, aquellos que creen que sus propuestas tienen una dimensión mucho mayor que los spots publicitarios.Privar a los cordobeses de un debate de candidatos a gobernador, además de renunciar a una herramienta de comunicación, expresa una decisión éticamente reprochable para cualquiera que aspire a gobernar la provincia.
*Director de Mediosxmedios y secretario de Coordinación de la UCR

