Héroe
Cada mañana, Jorge llegaba al colegio con un peinado imposible de imitar. Era un clásico corte media americana de la época, pero rematado con un jopo firme, parejo y compacto.
Cada mañana, Jorge llegaba al colegio con un peinado imposible de imitar. Era un clásico corte media americana de la época, pero rematado con un jopo firme, parejo y compacto. Para mí, ese jopo marcaba el punto más alto de la pulcritud infantil. Porque Jorge, todo él, era prolijo, limpio, inteligente y bien portado. Mejor alumno desde primero a sexto grado, fue mi compañero de banco en aquella pequeña escuela del parque durante la luminosa década de 1960.Cada año recibía el premio a la asistencia perfecta. Estudioso y aplicado, cosechaba más excelentes que el resto de los alumnos, todos juntos. Su guardapolvo siempre lucía limpio, como si en el recreo largo lo cambiara por uno nuevo. En las clases de gimnasia, ganaba con ventaja todas las carreras, ayudado tal vez por sus Pampero blancas, punta reforzada, siempre impecables.Su madre lo acompañaba cada día temprano, agregando la virtud de la puntualidad. La conocí en una fiesta escolar; en realidad, ella me buscó, dedicándome una sonrisa al descubrir quién se sentaba junto a su hijo. Aun con mi corta edad, pude confirmar que compartían rasgos y gestos. Piel blanca, sonrisa breve, ojos brillantes coronados por unas cejas espesas. Y Jorge, el jopo.Nunca llegamos a ser mejores amigos. No visitaba su casa ni él la mía; tampoco conocí al resto de su familia. Sencillamente nos entregábamos a la mansa inercia del colegio durante los años en que los días iguales marcaban profundo.Nos vimos por última vez en la fiesta de egreso. Yo en la fila, advertido por la maestra para que dejara de hablar. Él adelante, portando la bandera argentina.Después transcurrieron décadas de cambios y crecimientos, sin noticias uno de otro. Mi recuerdo quedó congelado en aquel Jorge niño, con su delantal sin manchas, sonrisa breve y ojos brillantes. Y, claro, el jopo.Volví a saber de él mientras esperaba en el aeropuerto local. Ocioso, me detuve frente a un cuadro colgado en un pasillo: "Homenaje a los oficiales caídos en la guerra de Malvinas", encabezaba la parte superior. Abajo, una larga serie de retratos de aviadores con uniforme de gala. Recorrí lentamente cada uno, descubriendo una repetida expresión de juvenil firmeza. Hasta que llegué al rostro conocido. Allí estaba él, inconfundible. El mismo Jorge, el de la escuela, pero sin guardapolvo; ahora era teniente.El mejor alumno, el abanderado, había elegido ser oficial aviador. El mismo que una mañana despegó de San Julián comandando un Skyhawk y llegó a la zona de blanco sin ser interceptado. El que ganaba todas las carreras en las clases de gimnasia cumplía órdenes de bombardear la flota enemiga y, en respuesta, recibió fuego antiaéreo. Jorge, mi compañero de banco, sintió el impacto en su avión pero volvió a arremeter contra una fragata inglesa. Al entrar al mar, el chico de los ojos brillantes inició un viraje descendente, perdió el control e impactó en el mar helado.Aquel día, frente al cuadro con rostros de héroes, la historia se derramó sobre mí, impiadosa. La congoja era por Jorge, por su trágico final. Pero también por su madre que, orgullosa y puntual, lo dejaba cada mañana en el colegio. O quizá me quebró la desilusión de no haber sido mejores amigos. O esa absurda guerra que un gobierno infame declaró a otro gobierno infame, abriendo heridas que aún hoy no cicatrizan. Lo que más dolía era la sorpresiva, agobiante idea de que, finalmente, habían manchado su uniforme.Allí, con la imagen de Jorge en un cuadro, sentí que perdía parte de una infancia ingenuamente resguardada en mis recuerdos. Hubiera dado lo que fuera por saber si, bajo la gorra de teniente, conservaba ese jopo firme, parejo y compacto de la lejana, luminosa, década de 1960.
*Médico

