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Hay que cantar

Los músicos, los cantores populares, tienen misteriosas llaves para abrir las puertas del sentimiento colectivo y sus razones de ser. Alejandro Mareco.

03 de febrero de 2013 a las 12:01 a. m.
Hay que cantar

Mira, más que una mujer / sobre la cual alguien dijo una mentira a un hombre (...) ¿Con quién he de hablar hoy? / Los hermanos son malvados / los compañeros de ayer no sienten amor / ¿Con quién he de hablar hoy? / Los corazones son rapaces / cada hombre toma los bienes de su vecino / ¿Con quién he de hablar hoy? / Aquel que debería provocar furor por su comportamiento malvado / hace reír a todos aunque su iniquidad es dolorosa / ¿Con quién he de hablar hoy? / El pecador es un allegado íntimo /el hermano con quien uno debería hablar se tornó enemigo / ¿Con quién he de hablar hoy? / Nadie recuerda el ayer / nadie ayuda al que hizo el bien / ¿Con quién he de hablar hoy? / No hay hombres virtuosos / la Tierra quedó en manos de los trabajadores de la iniquidad... / ¿Con quién he de hablar hoy? / La calamidad me abruma / por falta de un allegado íntimo / ¿Con quién he de hablar hoy? / El pecado que deambula por la Tierra / no tiene fin.

Este poema fue escrito hace más de cuatro mil años en algún desolado rincón del viejo Egipto (fue rescatado por el rumano Mircea Eliade en Del budismo al zen ). Es decir, los hombres han dejado testimonios descorazonados desde hace milenios, han retratado una soledad descarnadamente humana.

El viejo poema egipcio se parece a otro testimonio descorazonado, pero más nuestro: el que escribió Enrique Santos Discépolo. “El mundo fue y será una porquería, ya lo sé / en el 506 y en el 2000 también” (lo que sigue, lo sabemos casi todos), decía, con la lucidez de la tristeza, de esa tristeza argentina que tantas páginas intensas fue capaz de trazar. Claro que no sólo hemos sido fecundos en la tristeza, sino también –hablando de canciones– en los testimonios de una multiplicidad de sentimientos y pensamientos.

Los que estamos en la Tierra desde poco más de un siglo a esta parte, desde que Tomás Edison capturó el sonido del aire y lo puso en materia, nos hemos pasado la vida ilustrándola con canciones. La música popular ha sido y es, con todas las variantes, los matices posibles y aun las intenciones (y pese a las pretensiones del poder dominante de la cultura como consumo), un fenómeno cultural que ha marcado la salud creativa de los pueblos, la personalidad y el rumbo estético de las épocas, y además, adentro de la piel de cada uno, las más personales vibraciones sensibles.

Los músicos, los cantores populares, tienen misteriosas llaves para abrir las puertas del sentimiento colectivo y sus razones de ser. Cuando cantamos, decimos de dónde somos, quiénes somos, qué sentimos, qué nos conmueve e incluso todo lo contrario.

Por eso, el cancionero de un pueblo arranca de aquellas palabras sin papel que se aferraron al tiempo pasando de labios en labios, contando viejas historias del hombre, la naturaleza y su naturaleza entre los hombres: la tierra y el amor.

Después, en el abundante cofre de versos y melodías que suma nuestro tesoro, tenemos nombres propios, inspirados musiqueros y poetas que dejaron páginas como legado que no siempre vuelven a la luz; es más, la mayoría queda en el purgatorio del olvido, acaso porque lo que contaron ya no se entiende o porque les faltó talento o lucidez, o simplemente porque un injusto manto de desmemoria se tendió sobre ellas.

Mientras tanto, estos festivales nos dan algunas pistas sobre en qué andamos los argentinos cuando cantamos.