Hamlet, un argentino más
Todo es bipolar. O se está a favor o se está en contra. Nadie da la posibilidad de grises. Por eso, un clima denso preanuncia una campaña electoral que, aunque no se lanzó de manera formal, ya es agria.
Hamlet no se sentiría extraño. Su pesadilla, su angustia entre ser y no ser es la misma que sufren muchos argentinos en este país bipolar.
Cada vez son más los que sufren la ambivalencia de ser empujados a decidirse: o son adeptos del coro de ciegos aduladores del poder de turno o son consocios del enceguecido espacio que comparten disímiles opositores.
Y eso que faltan dos meses y medio para las elecciones primarias obligatorias, paso obligado a los comicios parlamentarios de octubre.
Golpismo, desestabilización, delación, aprietes, aparecen como términos casi naturales en el diccionario del despropósito argentino.
Un clima denso preanuncia una campaña electoral que, aunque no se lanzó de manera formal, ya es agria.
Nadie parece dispuesto a discutir ideas y proyectos.
Por eso, es probable que nadie vaya a poner en consideración la idoneidad de los candidatos, a punto tal que hasta puede ser irrelevante quiénes terminen formando parte de las boletas.
La aparición de casos de corrupción, confirmados o sospechados, agrega gotas al mar del enojo de los votantes.
Quizá esta Argentina esté lejos de la de 2001, aquella del “que se vayan todos”. La principal diferencia es que hoy no existe, como entonces, una disgregación del poder.
Y, sin embargo, como entonces, se está cuajando una mezcla de sensibilidad y crispación, batida al ritmo de una dicotomía en la que no hay términos medios, superadores de los extremos.
Desde luego, la capacidad autodestructiva de los dirigentes políticos no se cargará las preocupaciones de la sociedad.
Un analista de opinión pública lo explica de este modo: “Los elementos de enojo en cualquier nivel se estimulan. De la mano de cierta incertidumbre económica, la corrupción pasa de ser aceptada de manera natural a generar malestar y enojo. Cualquier estímulo, entonces, provoca acciones, aunque sean momentáneas”.
La conclusión es ver cuán viva llega esa capacidad de reacción a las elecciones de agosto y cómo se exterioriza en octubre.
Veamos tres ejemplos:
1. El caso del empresario santacruceño Lázaro Báez, sospechado de maniobras de lavado de dinero, roza a la presidenta Cristina Fernández. Nadie ha podido desmentir la cercanía entre Báez y Néstor Kirchner. Nadie ha podido, en consecuencia, negar el conocimiento que la jefa del Estado pudo tener de los negocios familiares.
2. La salida de dos ministros del gabinete de José Manuel de la Sota puede echar por tierra la idea que se pretende instalar de un equipo sólido, capaz de funcionar sin el gobernador si éste sale de Córdoba en campaña nacional. Un ministro –el de Transporte, Dante Heredia– debió eyectarse ante denuncias contra directos y dilectos colaboradores suyos. Otro, el de Trabajo, Omar Dragún, por razones en las que se entremezclan alguna impericia en el manejo de conflictos (el de los choferes de colectivos urbanos, por ejemplo) y cuestiones de política partidaria y gremial.
3. Más cercano, más urbano, el problema del transporte en la ciudad de Córdoba va a terminar jaqueando al intendente Ramón Mestre. Por ahora, sólo por ahora, el malestar social se exterioriza contra un gremio bien pago que deja a pie a miles de cordobeses mal pagos. Pero en algún momento, la irresolución del conflicto será facturada a Mestre, porque, es obvio, él es el responsable de la gestión municipal.
Los verdaderos dramas. Si se mantienen o se potencian, cualquiera de esos problemas puede tener exteriorización electoral en los comicios iniciales de agosto e, incluso, agravarse para octubre.
Inflación, falta de trabajo, inseguridad, corrupción y educación forman parte de las cinco cuestiones que, a nivel nacional, más inquietan y preocupan a los cordobeses, según datos de una encuestadora local.
Varios de esos se repiten respecto del plano local, en tanto la responsabilidad es de la Provincia, y se agregan la salud y las jubilaciones, por caso.
Y si se traslada a cuestiones municipales, el transporte –como se señaló– y el estado de las calles están a la cabeza de las prioridades.
Este es el ambiente social que, por cierto, carece de correlato con las prioridades que los políticos están poniendo en el armado de sus esquemas.
En las últimas horas, por caso, el peronismo oficial de Córdoba, que lidera De la Sota, terminó de definir su boleta: Juan Schiaretti, Alicia Pregno, Carlos Caserio, los tres primeros.
No hay, al final, acuerdo con el macrismo, al que sospechan de querer meterse dentro del esquema del peronismo disidente para quedarse con todo. “Entre Cristina y Macri, prefiero votar en blanco”, se despachó De la Sota, para dar por clausurada cualquier negociación. De todos modos, ayer suavizó el discurso.
Al postulante de Macri en Córdoba, el exárbitro Héctor Baldassi, no debe haberle caído nada mal: nunca se lo vio convencido de formar parte de ese esquema.
Viene de afuera de la política, es algo conocido por los jóvenes desde su condición de referí y eso, suponen en el macrismo, le da un buen plafond .
Olga Riutort, otra pata del peronismo, ya salió al interior a armar su frente electoral. Lo hizo el jueves en Punilla, por ejemplo.
Pero su principal fortaleza (que es, a la vez, el principal problema para el peronismo) está en la Capital.
El kirchnerismo ya tiene cerrado el liderazgo de la lista, con Carolina Scotto, la exrectora de la Universidad Nacional de Córdoba.
De hecho, se espera que la Presidenta venga a festejar el 19 de junio los 400 años de la Casa de Trejo y esa sería la excusa para poner a Scotto en carrera.
Vía el secretario General de la Presidencia, Carlos Zannini, Cristina comenzaría a operar muy pronto para resolver algunas cuitas que se han desatado dentro del kirchnerismo.
Viento del sur. El radicalismo no termina de cerrar que el candidato sea Oscar Aguad. "Es el que mejor cotiza en esta competencia por lograr votos antikirchneristas", dicen los radicales que procuran imponerlo.
Pero desde el sur apareció Miguel Ángel “Chicharra” Abella, lo cual obligaría a Aguad a un desgaste en cuotas: una modificación forzada de la Carta Orgánica para permitir una segunda reelección, lo que podría terminar en la Justicia y, aun si le fuese bien, la participación en las primarias obligatorias.
Las llaves para un acuerdo político que destrabe esta situación están en manos del mestrismo, mayoría en el partido.
El juecismo tampoco puede desanudar su relación con los socialistas. La candidatura de Ernesto Martínez debería confrontar con la del coterráneo de Abella, Roberto Birri, avalado por el líder del Frente Amplio Progresista, Hermes Binner.
Hay algo más de distancia entre ambos: dicen que Binner está tomando nota de cierta sinuosidad de Juez que varía entre el discurso furibundo antikirchnerista y la idea, por ejemplo, de no presentar candidatos al Consejo de la Magistratura, lo que es funcional al Gobierno, porque le deja el camino libre si la Justicia no inhabilita antes la elección.
“Es cierto que de arranque lo deslegitima al cristinismo, pero una vez elegidos y asumidos los consejeros, nadie los mueve; les estaríamos regalando todo”, alertó un integrante del FAP.
Al final, en su encrucijada, Hamlet no tendría mucho más motivo de preocupación que cualquier argentino.

