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Hacia una república de resultados

El principal desafío del presidente Mauricio Macri y de la coalición Cambiemos: demostrar que un gobierno democrático, republicano y liberal puede ser eficaz, a la vez que respetuoso del Estado de derecho y del pluralismo.

03 de febrero de 2016 a las 12:01 a. m.
Gregorio Hernández Maqueda | Asambleísta de la Coalición Cívica-ARI en Cambiemos
Hacia una república de resultados

Una transición pacífica de régimen desmorona las reglas anquilosadas del poder en la Argentina. Un poder, definido por su corporativismo, pero también por la irresponsabilidad y el despotismo.

Sin embargo, fue el componente corrupto y mafioso el que signó la caída de un coloso, el cual, según la inmensa mayoría de los formadores de opinión -a saber, periodistas, encuestadores, intelectuales, políticos y propagandistas-, era invencible: el Partido Justicialista.

Así es como la pérdida abrupta e imprevista de los privilegios de oligarquía, que ostentaron por años, ha desencadenado unas reacciones que, por su descaro, constituyen un gigantesco monumento a la moral cínica y farisea.

¿Quién puede creerles a quienes se encargaron de destrozar los valores más elementales de la vida en común que ahora son ellos los defensores del orden republicano?

Ese fantasma, que sometió las mentes de los argentinos por décadas, que prohibía pensar que era posible derrotar al peronismo -y que condujo a extremos impensables de resignación y escepticismo-, fue exorcizado, felizmente, el día de las elecciones.

No obstante, aún queda un segundo fantasma que el nuevo Gobierno debe ahuyentar: que sólo los herederos de Juan Domingo Perón tienen la "gobernabilidad" necesaria para cumplir la totalidad del mandato.

Y no es otro, sino este, el principal desafío del presidente Macri y la coalición Cambiemos. Demostrar que un gobierno democrático, republicano y liberal, puede ser, a la vez de respetuoso del estado de derecho y el pluralismo, eficaz.

Ese va a ser el único modo de desmontar el mito por el cual la gobernabilidad peronista tuvo -y temo decir que aún tiene- tanta influencia. Es que este, a diferencia del primero, se asienta en fundamentos históricos: desde el surgimiento del peronismo, ningún presidente de otra fuerza ha logrado terminar el periodo para el cual fue elegido.

En efecto, como se concibe a sí mismo como un sistema en sí y no como un cuerpo más, que orbita, junto a otros, en una galaxia constitucional que lo excede, el peronismo casi siempre ejerció el poder de manera monopólica, autocrática y excluyente.

Adueñado de la suma del poder público, los únicos interlocutores válidos que quedaban en pie eran, en boca de la propia expresidenta Cristina Kirchner, "los sindicatos, los empresarios y los banqueros".

De esta manera, quedó herido de muerte el principio de representación, base de la república democrática. Pues, ¿quién y con qué criterio elige a los sindicalistas, empresarios y banqueros, únicos dignatarios de articular políticas públicas con el jefe del Estado y sus ministros?

Los representantes del pueblo en su conjunto, como los líderes de los partidos políticos con participación electoral y los miembros del Congreso, eran sistemáticamente anulados como actores.

Esta fue la primera gran manifestación de cambio del nuevo Presidente. Sin desmerecer el papel de aquellos, haber convocado al diálogo a sus contendientes en las pasadas elecciones significó el punto de partida hacia el restablecimiento de la forma de gobierno representativa, que establece en su artículo primero la Constitución Nacional.

Asimismo, se puso fin a la embestida autoritaria que, en la hora más oscura de la noche kirchnerista, se libró –por fortuna de modo infructuoso– contra los remanentes de periodismo crítico, de prensa libre y de Poder Judicial independiente.

Por otro lado, la designación de funcionarios competentes, responsables y honestos, en la mayoría de las áreas sensibles, es una excelente novedad -que contrasta con las nominaciones pasadas-, para un país cuya economía quedó devastada por la ineptitud y la arbitrariedad de las políticas anteriores. Políticas que han reducido los niveles de vida de los argentinos a unos estándares de pobreza verdaderamente escandalosos.

La estabilidad monetaria, la competitividad, la capacidad productiva, la inversión, el crecimiento, y la generación de empleo digno y genuino, todos índices que, al mejor estilo bolivariano, han sido confinados a los abismos de los países más subdesarrollados de este lado del mundo.

Sin lugar a dudas, el incipiente régimen democrático y republicano, que comienza a dar sus primeros pasos, será popular, sostenible y perfectible en el futuro, en la medida en que las decisiones que se tomen arrojen resultados concretos, que reviertan la decadencia en el mediano plazo y no se conforme con "haberlo intentarlo".

Esto ocurrirá, si se despliega una lucha frontal contra las numerosas mafias de la narcopolítica que todavía operan, que desarticule las redes de corrupción y complicidad oficial, con juicios y condenas ejemplares para los corruptos y la recuperación del dinero robado.

Nuestro sistema no está diseñado, para que, de ser respetado, conduzca necesariamente a la impotencia, al fracaso y al incumplimiento de las promesas de campaña. Todo lo contrario. Es falso que sea una fatalidad que la alternancia, el pluralismo, la separación de poderes y las libertades públicas, sean obstáculos para la puesta en marcha de las políticas propuestas.

De cómo resulte esta gesta, dependerá el porvenir de la nación.