Hablando confidencialmente
Para que reine la felicidad en el matrimonio, conviene que existan algunos secretos entre los cónyuges, salvo que uno de los dos tenga la costumbre de hablar en sueños.
Se dice que el hombre guarda mejor un secreto que la mujer. Pero también se dice que el borracho es más vulnerable que la mujer alcoholizada para dejarlo escapar. Una dama lo calla más cuando se lo cuentan sin aclararle que es un secreto; y oculta más su procedencia.
Hay secretos que pesan mucho. Por ello los espías rara vez llegan a jubilarse. No hablaremos, empero, de los secretos de Estado que estuvieron calentitos estos últimos tiempos con otra clase de misivas. En todo caso, acotemos que hace 31 años Washington comunicó con más de un mes de anticipación a Margaret Thatcher que Argentina se estaba preparando para invadir las Islas Malvinas. ¡Qué será entonces dentro de 30 o 40 años más, con el avance de la cibernética! Ahí sí que sabrán nuestros secretos y hasta nuestros chismes.
Un sujeto podrá preguntarles a los estadounidenses dónde anduvo su esposa por la tarde de un determinado día. Pero no habrá que olvidar que para que reine la felicidad en el matrimonio conviene que existan algunos secretos entre los cónyuges, salvo que uno de los dos tenga la costumbre de hablar en sueños.
Además, nadie conoce la totalidad de sus secretos. El intelecto reconocerá los que se presentan a nivel consciente. Pero en el inconsciente hay otros que influyen en la conducta afectiva, de los cuales no se tiene idea. Por ello un poeta árabe manifestó a su pareja: “¿Dices que siempre me has amado? Entonces cuéntame tu historia; quiero conocer mejor mi corazón”.
Otro árabe, Ben Al Mocaffa sostenía que, pasando de dos, un secreto ya es divulgado (el eminente poeta y filósofo se refería a los dos labios). Y otro le ganó: dijo que quienes mejor saben guardarlos son los muertos.
Por lo común se considera imposible ocultar un secreto entre muchos. Sin embargo, históricamente, ha habido sectas o grupos que los han ocultado muy bien, como los pitagóricos esotéricos, los esenios o la francmasonería. No obstante, para el consenso popular, querer guardar un secreto entre cinco o seis personas, es como pretender pasar cinco o seis gallos de contrabando al amanecer. Siempre alguno canta.
Las orejas de los seres humanos son como ventosas para los chismes. Pero estos difieren de los secretos porque pueden ser inventados y se trasmiten con maledicencia. A un santo varón le entran por una oreja y le salen por la otra; al necio le salen por la boca.
En la oficina abundan. Cierta vez, un jefe preguntó a su secretaria:
–¿Vas a poder guardar un chisme sabroso muy confidencial?
– Yo sí –respondió– pero no sé si los empleados van a poder.
Es que ella conoce muchos secretos; está en la cuerda floja. Cuando la despiden, es porque sabe mucho o porque no sabe nada, salvo en aquellas compañías en las que el superior cuenta con dos: una con cara de secretaria que maneja casi todo; y otra con cara de vedette, que el jefe cree que la tiene en secreto sentada en sus rodillas.
El tema nos recuerda que cierta vez un director general tenía una clave telefónica secreta; había que decir: “Habla Contreras” y de inmediato la secretaria le pasaba la comunicación. Pero el secreto se fue divulgando en demasía. Así las cosas, un día llamó uno de la pesada, y de apellido Contreras. Como lo tenían esperando mucho tiempo, gritó:
–¿Qué pasa que tarda tanto; acaso no le dijo que soy Contreras?
–Sí señor –respondió– Es que está hablando con usted. Y el que está en la línea esperando, antes que usted, también es usted.
*Periodista.

