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La gravedad del silencio

Lo grave es el silencio. El inquietante vacío que sobreviene cuando las palabras, imposibilitadas ya de llevar pareceres y opiniones, se convierten en ojivas que portan cargas destructivas. Claudio Fantini.

31 de diciembre de 2011 a las 12:01 a. m.
Claudio Fantini (Periodista y politólogo)
La gravedad del silencio

Lo grave es el silencio. El inquietante vacío que sobreviene cuando las palabras, imposibilitadas ya de llevar pareceres y opiniones, se convierten en ojivas que portan cargas destructivas. Desde hace tiempo, el silencio irrumpe en reuniones familiares, encuentros entre amigos y grupos de trabajo. De eso no se habla. Y "eso" es la política.El abismo que se abrió entre las personas es tan oscuro que las palabras indignan o hieren. Por eso, en los temas que antes generaban debate o discusiones sin llegar a enfrentamientos, ahora es mejor callar.Eso es grave. Una tragedia social disimulada. La señal de una fractura que coloca a dos porciones politizadas (en mayor o menor medida) de la población en veredas separadas por un agrio encono.En el medio, una franja despolitizada que fluctúa sin guiarse por discursos ni cuestiones ideológicas. Esa franja oscila con los vaivenes de la economía y tiende a aglutinarse en torno de liderazgos concretos y visibles, desdeñando el vacío.La fractura encerró a las partes enfrentadas en sus respectivos microclimas. Ensimismadas, leen y escuchan sólo aquello que alimenta la posición propia. Se informan en sus respectivos espacios periodísticos, descreyendo del otro.Por cierto, las dos formas de ver e interpretar el país y sus circunstancias contienen partes de la realidad y se completan con falacias. Pero nadie se asoma al otro lado del muro. Todo contacto con la versión contrapuesta irrita hasta lo insoportable. Lo que dice la otra parte es contaminante.La Argentina ha vuelto a ser dos continentes separados por un océano de mareas oscilantes. En uno de esos continentes, reina un liderazgo vigoroso, eficaz y concentrado, a cuya sombra la sumisión y la obsecuencia resultan altamente redituables. El otro continente es un espacio baldío de líderes, de acciones y de ideas, en el que la intemperie pesa como una orfandad.En términos de contienda política, parece Esparta contra Atenas, pero una Atenas sin Pericles y en la que, para colmo, no hay ágora ni se promueve el pensamiento lúcido.En la vereda espartana, reina un ánimo combatiente entre legionarios que llaman militancia a la adhesión remunerada con cargos y prebendas, como si militancia y beneficio económico no fueran mutuamente excluyentes.En la fallida Atenas, no hay militantes porque no hay producción de pensamiento ni activismo cultural y a nadie se le ocurre nada inteligente, atractivo o aglutinante. Es un espacio donde deambulan solitarios los que sienten aversión por el culto personalista, el uso patrimonialista del Estado y las poses ideológicas de los que están haciendo el gran negocio de ser oficialistas.Por cierto, un vasto conglomerado adhiere por el simple ejercicio de contraponer un gobierno dinámico que amplió derechos y encarceló genocidas contra la ausencia de activismo cultural y el vacío de pensamiento que adormece la vereda de críticos y opositores.Pero no es este tipo de adhesión el que impone el silencio entre amigos, familiares y compañeros de trabajo. Ni la política económica ni los juicios ni las ampliaciones de derechos fracturaron a la sociedad. De hecho, la mayoría de los que deambulan solitarios en la vereda crítica adhieren a muchas de esas políticas impulsadas por el kirchnerismo. Lo que introdujo el silencio como síntoma de desgarro social es el relato. Dividir y reinar. Cierta atmósfera remite a la estación de Pensilvania, donde aborda un tren el personaje que inicia la deriva del exilio, porque en esa novela Antonio Muñoz Molina describe los umbrales de la Guerra Civil, para mostrar cómo una versión ideológica del pasado y el presente de España va desgarrando familias y amistades. En La noche de los tiempos , el autor quiso mostrar que todas las relaciones humanas quedaron fracturadas por el discurso de la España católica, patriótica y pura que se disolvía por culpa de la anarquía republicana.Eso es el relato. La contracara de relatores y consumidores de relatos no es el apolítico. El reverso no es la indiferencia social. Se puede interpretar pasado y presente desde el compromiso con ideales y valores. Pero el relato no es una forma de pensamiento, sino una lente daltónica que separa claros de oscuros.En la claridad, está todo lo que justifica y fortalece al liderazgo, mientras que en la oscuridad todo lo que esboza duda y cuestionamiento. No importa que haya apoyado las políticas más importantes y distintivas de este tiempo. Quien habitando la parte politizada de la sociedad se resista a mirar por el monóculo oficialista, será parte de la oscuridad que aborrecen los que miran a través de la lente. Ese aborrecimiento trajo el silencio.No fueron las políticas gubernamentales. Fue el relato oficialista. Una antigua estratagema para dotar de impunidad al poder, muy eficaz a la hora de dividir para reinar.El relato no abre el debate ni politiza. Por el contrario, cierra la posibilidad de debatir y reemplaza la politización por el partidismo sectario. Por eso requiere de cuarteles mediáticos y de artilleros adiestrados y bien pagados, para disparar a mansalva contra todo lo que se mueve en la zona oscura.La mejor señal del tiempo que comienza no tiene que ver con la economía, ni con la seguridad, ni con los modales de Guillermo Moreno. La mejor señal será que se disipe el silencio revelador del encono que desgarra amistades, camaraderías y afectos. Si persiste, el país seguirá merodeando "la noche de los tiempos".