Un "gran centro" en Latinoamérica
La centroizquierda y la centroderecha imperan en un “gran centro” latinoamericano, aunque coinciden en la lucha contra la pobreza, las desigualdades y la corrupción. Julio César Moreno.
Los países latinoamericanos van transitando, al igual que casi todo el resto del mundo, el camino de un "gran centro", en el que se alternan mayoritariamente la centroizquierda y la centroderecha, con diferentes matices y componentes específicos, como el indigenismo y el nacionalismo en algunos casos o la reivindicación de las autonomías regionales en otros. Pero la democracia y el pluralismo están fuera de discusión. Las dictaduras cívico-militares de derecha y las revoluciones armadas de izquierda son cosas del pasado y hasta Cuba inició un lento y pausado proceso de apertura. Hay resabios, como las Farc en Colombia, que más que una guerrilla en sentido estricto es una narcoguerrilla, relacionada con uno de los grandes problemas de la región. Sin duda que el problema mayúsculo es la persistencia e incluso la profundización de desigualdades sociales, pese a los altos índices de crecimiento económico que mostró la mayoría de los países en la última década. La lucha contra la pobreza, el desempleo y la exclusión social es la principal bandera de todos los partidos y movimientos políticos, que responden así a una demanda muy fuerte de la población. Y si se tiene en cuenta que una regla básica de la democracia es "un ciudadano, un voto", se entiende que todos los partidos y candidatos traten de presentar la mejor propuesta o la mejor imagen para satisfacer aquella demanda. Así también se entiende el surgimiento de nuevos partidos y candidatos, que en algunos casos llegan a desplazar a los partidos tradicionales, como sucedió en Perú, Bolivia y en otros países. Aun los partidos con décadas o un siglo de existencia enarbolan esa bandera, como el radicalismo o el peronismo en la Argentina, blancos y colorados en Uruguay, o Renovación Nacional y el socialismo en Chile. Crisis de identidad. Pero también hay que tener en cuenta el debilitamiento o la pérdida de identidad de los grandes partidos. Un claro ejemplo de esa crisis es el peronismo argentino, que está desgajado en tres o cuatro vertientes, cada una de las cuales actúa por su cuenta, como si fueran partidos distintos, a lo hay que agregar situaciones similares en las provincias y en los municipios. También la UCR fue golpeada por esa crisis, aunque hoy parece estar reagrupándose como partido político nacional, recogiendo a las ovejas descarriadas y diseñando estrategias de alianzas que, de todos modos, aún no se sabe si tendrán consenso partidario. Con el socialismo ocurre algo parecido y con las diezmadas fuerzas conservadoras también. Y cada provincia, cada municipio, es una realidad política particular, porque ya nadie se deja llevar mansamente por las grandes estructuras nacionales. La política, en todo el mundo, está signada por el principio de la incertidumbre, que es uno de los rasgos salientes de la modernidad.La victoria de Ollanta Humala en el balotaje presidencial de Perú el domingo último confirma la primacía del "gran centro" imperante, como lo demuestran las felicitaciones que recibió de todo el arco político latinoamericano, desde el presidente de Chile, el centroderechista Sebastián Piñera, hasta sus colegas de Argentina, Uruguay, Brasil y Venezuela.Respecto del resultado en Perú, hay que tener en cuenta un detalle: el fuerte apoyo que dio Mario Vargas Llosa a Humala, a quien antes había criticado con igual dureza. El respaldo del Premio Nobel de Literatura, que honra a toda Latinoamérica, debe haber decidido a más de un elector a votar por un candidato de centroizquierda como Humala.

