Política nacional. La gota que completó la derrota
La derrota de Javier Milei está en haber dejado todos los altos cargos de su gobierno, incluido el de vocero que ocupa Adrián Ravier, en gente a la que había denostado intelectualmente y había acusado de cosas horribles.
La historia de las traiciones tiene personajes icónicos como Efialtes, quien reveló a los persas la clave para vencer a los espartanos en la Batalla de las Termópilas.
También Judas Iscariote y los colaboracionistas Laval y Petain. La diferencia es que Efialtes de Tesalia jamás explicó su traición a los griegos, motivada por la promesa de riquezas que el rey Jerjes I nunca cumplió. En cambio, los líderes de Vichy, al ser juzgados por aliarse a los nazis, dijeron haber actuado así para salvar lo que quedaba de Francia.
El capítulo de quienes verbalizaron sus actos de traición de manera voluntaria y quienes fueron obligados a hablar en público de ellas es el más voluminoso en la historia de las traiciones.
Nadie obligó al general Benedict Arnold a explicar por qué entregó la estratégica fortaleza de West Point a los británicos durante la Guerra de Independencia. Quiso hacerlo, con el argumento de un pacto “aberrante” entre independentistas y franceses. Lo mismo hizo Vidkun Quisling tras facilitar al Tercer Reich la ocupación de Noruega. Según el traidor de los nórdicos, lo hizo para salvarlos de los bolcheviques.
También están los obligados a autotraicionarse y traicionar a otros bajo amenazas contra hijos, padres, esposas y hermanos. La del cubano Heberto Padilla –cuya humillación impuesta por Fidel Castro hizo que grandes intelectuales se alejaran del castrismo– fue una muestra caribeña de lo que implicaron las purgas de Stalin y las traiciones que notables bolcheviques como Zinóviev y Bujarín fueron obligados a cometer contra sus camaradas.
Traiciones locales
La de Diego Santilli al PRO y a Mauricio Macri no da para figurar en la historia de las grandes traiciones, pero así fue como sonó el jefe de Gabinete en su primera entrevista como tal. Al ser tan explícito y enfático al subrayar su lealtad a Javier Milei, a LLA y a la reelección del Presidente, sonó a abjuración pública. Y lo hizo por orden de Milei y de su hermana.
La caída de Manuel Adorni terminó de vaciar el Gobierno de mileístas de la primera hora, y lo dejó en manos de dirigentes provenientes del PRO.
Contra la creciente imagen de que su gobierno ya es un gobierno del PRO, Milei impuso al nuevo premier hacer esa declaración, como se impone una juramentación que haga propio al advenedizo. En este caso, el juramento incluyó una abjuración pública, que Santilli llevó a cabo sin sonrojarse: su misión en el cargo es que Milei sea reelegido.
La pulseada es contra Macri y con los codos apoyados sobre el círculo rojo, donde muchos pretenden reemplazarlo por alguien que mantenga el rumbo, pero siendo educado y presentable en lugar de guarango y grotesco.
Milei empieza a entender que lo que gana en apoyo en Silicon Valley por los tecnócratas plutocráticos que producen líderes teledirigidos, lo pierde en Nueva York, donde entienden que atacar a empresarios como Paolo Rocca resulta inaceptable y donde Trump está visto como lo que es: un personaje impresentable.
El líder libertario lleva días sin insultar ni hacer escenificaciones histéricas y de mal gusto. Aún no sufrió una crisis de abstinencia y sigue hablando con forzada serenidad.
Al obligar a Santilli a abjurar públicamente del PRO y de Macri, logró atemperar el golpe que implicó la caída de Manuel Adorni. Un personaje impresentable, cuya corrupción es ínfima en comparación con las que lo rodean, pero con una personalidad repelente que le retornó como bumerán todo el desprecio y la humillación que él había prodigado a tantos otros.
El vacío
Seguramente la razón por la que Milei defendió la continuidad de Adorni es inconfesable. Igual que la razón por la que sostuvo más de la cuenta a José Luis Espert. Dos caídas que terminaron de vaciar de mileistas de la primera hora al gobierno libertario.
La culpa de ese vacío está en los hermanos Milei. Ellos echaron sin razón y de manera humillante al mileísmo originario. Primero, traicionando a la vicepresidenta Victoria Villarruel al negarle el control de las áreas que habían acordado al negociar la fórmula, para dárselas a los candidatos del PRO a los que habían derrotado: Patricia Burllich y Luis Petri.
Luego echaron torpemente a colaboradores del primer momento, respetables y de buena imagen como Nicolás Posse, Diana Mondino y Guillermo Francos. Lo mismo hicieron con un leal a toda prueba como Ramiro Marra. En cambio, perdieron credibilidad al defender a gente turbia y desagradable como Espert y Adorni.
Al hacer que Santilli abjure del PRO, Milei propinó una derrota a Macri. Pero eso ocurrió dentro de su propia derrota. Primero abandonó sus propuestas (no dolarizó, no cerró el Banco Central, etc.), después expulsó a los fundacionales y ahora, desgastado por defender lo indefendible, depuso también su sello de identidad al entregar el gobierno entero a “la casta”.
La derrota de Milei está en haber dejado todos los altos cargos de su gobierno, incluido el de vocero que ocupa Adrián Ravier, en gente a la que había denostado intelectualmente y había acusado de cosas horribles.
Todos los repudiados por Milei son hoy los ministros que manejan su gobierno.
Un fracaso que no puede capitalizar Macri y tampoco los radicales ni el peronismo, todos naufragando en marismas deplorables.
Periodista y politólogo

