Ganó Chávez; perdió Venezuela
La victoria de Hugo Chávez con un 55 por ciento del electorado a su favor fue extraordinaria y categórica, pero no significa que ganó Venezuela. Ricardo Trotti.
La victoria de Hugo Chávez con un 55 por ciento del electorado a su favor fue extraordinaria y categórica, pero no significa que ganó Venezuela. La historia enseña que, pese a los votos, ningún proceso fue democrático ni un gobierno bueno tras 20 años ininterrumpidos en el poder.
La derrota de la oposición, pese al 44 por ciento de votos, también fue contundente. Es que Henrique Capriles tuvo que cargar con el lastre de otras derrotas más decisivas que esta.
Entre ellas, la del referéndum de 2004, cuando se aprobó que un presidente pudiera eternizarse en el poder y cuando la oposición, también unida aquella vez, se retiró en masa del Congreso y permitió que Chávez gobierne por decreto y a sus anchas.
La fuerza del populismo, basado en el asistencialismo, la propaganda y la adulación de las mayorías, hizo que los tres períodos que gobernó Chávez desde 1999 se vieran como buenos y democráticos. Pero fueron lo contrario. Chávez gobernó y ganó elecciones porque sometió al resto de los poderes e instituciones del Estado y porque se benefició de sus recursos.
La revolución de Chávez no ha funcionado. La pobreza es alta; el empleo y la producción, bajos; la infraestructura, inexistente; la inflación, galopante, y la tasa de criminalidad, exorbitante. Todos porcentajes peores que los que tienen otros países latinoamericanos con menores potencialidades.
Por eso, la historia juzgará a Chávez por los talentos y la riqueza que ha desaprovechado, la materia gris que se ha escapado y por las inversiones extranjeras que ha espantado.
El futuro puede ser más sombrío aún. Chávez podrá escudarse detrás del caudal de votos conseguidos para profundizar el nacionalismo, seguir prescindiendo de la oposición y las minorías, promover más división de clases y ahondar la polarización ideológica.
Es verdad que Chávez ha conectado mejor con los sectores más vulnerables –que otros gobiernos ignoraron– mediante programas y misiones de salud, educación y bienestar social.
Sin embargo, esas fórmulas de asistencialismo por sí solas no bastan. Cuba, donde busca reflejarse, no es buen ejemplo de desarrollo ni equidad.
Por otro lado, la oposición debe reconocer que el chavismo ya es un movimiento político estable y legítimo, que no depende sólo de su líder. La elección del canciller Nicolás Maduro como vicepresidente, más cercano a La Habana y los Castro que el propio Chávez, augura una continuidad de la política más allá de la suerte y la salud del primer mandatario.
Con Chávez y Maduro, el proceso revolucionario está garantizado. Venezuela continuará subsidiando a Cuba, endeudándose con China, comprándole armas a Rusia, abriéndole puertas a Irán y vendiéndole petróleo a Estados Unidos.
En gran parte, Chávez depende de que los precios del barril de crudo sigan razonables para continuar exportando su revolución por el resto de América latina. Pero una caída en los precios, así sea por mayor estabilidad en el Medio Oriente, mayor independencia energética de Estados Unidos o mejores tecnologías en otros países, hará que la revolución bolivariana sea un sueño insostenible.
Mientras tanto, el chavismo seguirá expropiando y estatizando, acusando al neoliberalismo de haber privatizado los recursos del Estado, sin admitir que las privatizaciones se concretaron para detener la sangría de empresas deficitarias, corruptas y burocráticas que otros gobiernos populistas del pasado crearon.
Capriles sabe que el populismo es un vicio de la democracia, pero que el chavismo tiene un gran poder de convocatoria y movilización que no puede desconocerse. Su mayor desafío es mantener a la oposición unida y que no se desbande, al menos, hasta después de las elecciones legislativas de diciembre.
Aun sin la alternancia debida del poder, la creación de contrapesos en el Congreso puede ser el único antídoto para que Chávez se sienta fiscalizado y responsablemente obligado a rendir cuentas.

