Fue tragedia; hoy es farsa
Hoy, todos los argentinos somos testigos de cómo se prepara el holocausto de otra generación de jóvenes. ¿Dejaremos sacrificarlos en el altar de las mentiras? Luis Vanella.
Hubo una época en que a los jóvenes nos usaron. Nos usaron los dueños del poder para que se generara un conflicto de sangre y muerte en nuestro país. La lucha en que fue metida de prepo cierta juventud argentina era sólo ideológica. La pelea era entre los grandes del mundo y se reflejaba en nuestras calles de país periférico.Un antiguo dicho africano dice que cuando se pelean dos elefantes, el que paga es el pasto. En nuestro país, el pasto fueron los jóvenes. Murieron miles, muchos sin saber por qué.El veneno de las ideologías se había apoderado de mentes vírgenes. Fáciles de plasmar. El normal espíritu rebelde y romántico de los jóvenes fue la tierra fértil para que se difundieran ideas que en apariencia profesaban el amor y la justicia social, pero en realidad eran una proyección de la muerte.En la conjura contra los jóvenes, participaron la izquierda, la derecha, los Montoneros y también el Estado.Arrebatarles el entusiasmo a los jóvenes a cambio de odio, aprovecharse del deseo infinito de justicia que todos llevamos en nuestro corazón, plagiándolo, es el pecado más grande que se cometió.Tampoco es superfluo recordar las documentadas relaciones de comandantes montoneros con el almirante Emilio Massera en París. La responsabilidad de esos hombres y mujeres, hoy ya mayores, es inmensa.En 1974, la respuesta de la democracia, de un gobierno peronista, hundido en la corrupción, en la ineptitud, fue combatir el terrorismo con el terrorismo de Estado. Así surgió la Triple A. Dos años antes del golpe militar.En la Argentina, fue un gobierno democrático el que dio la orden de aniquilar al terrorismo. A diferencia de lo que hicieron Alemania, Francia o Italia en esos mismos años, que usaron la política como instrumento fundamental, a la inteligencia y a las fuerzas del orden y no al ejército, ahorrándose los miles de muertos que, en cambio, nosotros tuvimos entre civiles y militares.Cientos de cadáveres, familias destrozadas, víctimas de un ajedrez internacional que se desafiaba en un país con bienestar, con pocos habitantes y con buen nivel de vida. Pero sin brújula.¿Qué otras monstruosidades tendríamos que haber vivido para corregir nuestro comportamiento, nuestro modo de ver y de ser?Cuando se leen las noticias de estos días sobre la criminalidad, la corrupción, el caos sofocándonos a todos y el mismo aire de odio del pasado, causa una infinita tristeza. Vale preguntarse: ¿no aprenderemos nunca?Hoy somos testigos de cómo se prepara el holocausto de otra generación de jóvenes. ¿Dejaremos sacrificarlos en el altar de las mentiras? ¿Serán muchos, otra vez, los que se harán los sorprendidos cuando dentro de algunos años el presente sea historia? ¿Se indignarán con la misma hipocresía, siendo que todos habremos sido responsables de la tragedia?Gente con el mismo espesor moral de los Kirchner usó a la juventud en el pasado y la entregó. ¿Lo harán de nuevo?Es a partir del individuo, de las personas, que se construye y se buscan respuestas comunes. El origen de los derechos de las personas es anterior a cualquier Estado. Sin el reconocimiento de la trascendencia, el hombre pierde su dignidad y quien detenta el poder tiene vía libre para actuar como crea mejor.El poder, si no está definido por una responsabilidad moral y controlado por un profundo respeto a la persona, significa la destrucción de lo humano en sentido absoluto.

