El fin del mundo y el sentido de los días
La razón nos ha hecho semidueños del mundo: la tecnología, las grandes ciudades nos han alejado del riesgo de vivir en la naturaleza, de la que emergen las sombras que no podemos domesticar. Alejandro Mareco.
“El mundo se quiebra, ya no habrá ginebra...”, cantaba, canta, el cordobés Ariel Borda en su versión urbana, de esta urbanidad que tenemos en un corazón mediterráneo del sur, del fin del mundo. El mundo terminará, ¿quién lo duda? Así como hubo un principio, habrá un final. Los hombres no hemos visto cómo se esparcían los mares, cómo se erguían las montañas; sólo hemos estado (como seres pensantes, capaces de escribir la historia, el gran invento humano, apenas un poco más de 10 mil años) en un instante en el cosmos, como decía Carl Sagan. Todo esto viene a cuento de que el jueves pasado la mismísima Nasa, la agencia espacial de los Estados Unidos, anunció una hipótesis catastrófica: “Toda nuestra galaxia, la Vía Láctea, se estrellará de frente con una galaxia vecina en unos cuatro mil millones de años”. Bien, mientras tanto, atravesamos las calles y vemos las hojas amarillas de este otoño en una ciudad bella, porque es de todos. Uno apenas puede con su contemporaneidad; es decir, con su vida. Porque la vida es sólo presente (¿qué otra cosa puede haber?). Miles de años de humanidad, vaya, es demasiado. Tal vez, signifique una tremenda dosis de tiempo para morir sin preguntar. Es que sólo sería tiempo si sus medidas son superiores a la vida de la gente, la nuestra. Nos estrellaremos, mañana o pasado mañana. Y será el final, porque tarde o temprano habrá un final. ¿Y qué diremos en esa hora, en ese instante? Si es el final, de nada servirá la pretensión humana de contar. Contamos tantos cuentos en esta hora y en este instante... Uno no entiende por qué podrían chocar juntas tantas estrellas, dos galaxias... Pero mientras ha vivido en la Tierra y, sobre todo, al ras del piso, las cosas (la vida) duran pocos años y, al cabo de vivir muchos de ellos, los sentimientos tienen sentido o dejan de tenerlo, pero existen, son los que nos han puesto en el camino. La razón nos ha hecho semidueños del mundo: la tecnología, las grandes ciudades nos han alejado del riesgo de vivir en la naturaleza de la que emergen las sombras que no podemos domesticar (por ejemplo, los animales salvajes agresivos, como un puma, en incluso los fantasmas del imaginario popular, desde los vampiros hasta los espectros tradicionales de cada lugar). Si por casualidad pudiéramos asistir al choque entre nuestra galaxia y la vecina (por otra parte, episodio poco sencillo de imaginar), acaso veríamos que la historia del mundo, en tanto materia navegando en el cosmos, no es igual a la historia de los hombres, de nosotros. Nuestra especie ha conquistado el planeta, en términos de superioridad en las especies y de manejo de algunas fuerzas de la naturaleza, mas no la naturaleza. Mientras tanto, al final de los días, ¿qué diremos de nosotros, humanos y argentinos, cuando llegue el fin del mundo (¿vendrá, alguna vez, y es posible que no lo veamos, porque antes habrá sucedido el fin de la humanidad?). Aunque parezcan extrañas, acaso estas preguntas son para andar cada día. Los hombres logramos sobrevivir en la puja por los frutos de la naturaleza; luego, tuvimos que luchar entre los hombres. La fuerza bruta hizo imperios y esclavos. La política, entre tanto, se convirtió en el instrumento con el que los pueblos podían discutir el poder a los poderosos. En eso estamos, a cuatro mil años del fin del mundo.

