Fin de fiesta
Esta crisis agarró al gobierno de Juan Schiaretti en medio de la fiesta con la que había decidido agasajarse en los meses postreros de su único mandato, resuelto a salir por la puerta grande con una obra o un anuncio cada día que descontara del almanaque. Julio C. Perotti.
Y al principio de los tiempos, apenas se los veía como unos chicos revoltosos que, acompañados por padres cómplices y permisivos, habían decidido hacerse del control de las escuelas e interrumpir su actividad académica para reclamar por los problemas edilicios que sufren a diario. Nunca fueron todos, pero eran más y más. Y ya no reclamaban sólo por baños rotos, cielorrasos que se caían y escaleras sin peldaños. También se metían en cuestiones que siempre les son dadas sólo a la capacidad de discernimiento de los adultos, como un proyecto de ley de educación.Esa errónea percepción de la realidad sesgó el análisis inicial de un problema que, como un iceberg , muestra apenas una mínima parte de su dimensión. No era, esta vez, la picardía de armar "chupinas" por la red social Facebook, como en mayo pasado.Un aspecto parcial, como el de la infraestructura, incorporó a los jóvenes al debate sobre la educación, del que fueron ajenos muchas veces porque no les interesó, pero muchas otras porque no los dejaron.Como fuere, esta vez muchos de ellos dejaron el letargo y decidieron involucrarse, aun cuando –desde luego– su inexperiencia puede llevarlos a no medir hasta cuándo tirar de la cuerda y cuándo aflojar y los riesgos de ser funcionales a intereses ajenos. A contramano. Esta crisis agarró al gobierno de Juan Schiaretti en medio de la fiesta con la que había decidido agasajarse en los meses postreros de su único mandato, decidido a salir por la puerta grande con una obra o un anuncio cada día que descontara del almanaque. Hasta el viernes por la tarde, Schiaretti se dejó llevar por su decisión de no opinar sobre ningún tema sensible, aun cuando la toma de las escuelas era, a todas luces, una cuestión que no podía eludir, desde su condición de gobernador.Acostumbrado a la tibieza de un discurso que dijera sin decir y que dejara las puertas abiertas a interpretaciones libres, se encontró en la tarde del último día hábil de la semana con la incapacidad de su ministro de Educación, Walter Grahovac, de destrabar un conflicto que ya llevaba demasiado tiempo en ebullición y que amenazaba con una erupción aún mayor.Por cierto, no le quedó margen más que para avalar a su funcionario en el anuncio de que habrá faltas para todos los que no vayan a clases. No consideró, por cierto, que es una medida que roza el absurdo de un viejo apotegma docente: si no aparece el culpable, pagarán justos por pecadores. Como señaló Mariana Otero en su columna de ayer, es una medida simbólica e impracticable, porque se corre el riesgo de hacer estallar el sistema, con miles de alumnos en mesas de exámenes o repitiendo el año.Sin duda, el apriete de Grahovac estaba destinado a quebrar eventuales solidaridades con los alumnos y padres ocupantes de las escuelas de parte de otra mayoría silenciosa que, con su inacción, avalaba las tomas, pero que podían ver en riesgo el paso de curso de sus hijos, ante la posibilidad de quedar libres por faltas.En definitiva, fue una muestra de pérdida de autoridad del Estado frente a una situación irregular, porque transfería al resto de la sociedad la desocupación de las escuelas.Los padres del Instituto de Educación Córdoba lo pusieron con todas las letras: "Consideramos que esta postura es altamente peligrosa, puesto que abre hacia las escuelas enfrentamientos entre los distintos actores de la comunidad educativa en niveles de violencia que pueden ser impredecibles".Pero Schiaretti fue más allá: cuando tildó de "intolerante, antidemocrático, totalitario y pro-fascista" el apoyo de padres y docentes a los jóvenes, decidió colocar en la vereda de enfrente a todos aquellos que se sienten con razón de reclamar que el Gobierno cumpla con sus obligaciones: brindar un espacio confortable para la enseñanza. Y que, además, piden un lugar en la discusión sobre una ley de educación que afectará, por cierto, el futuro de sus hijos.Algunos padres de los que acampaban con los chicos en las escuelas dijeron no recordar que de boca del gobernador hayan salido los mismos términos cuando en la Argentina se cortaban rutas para reclamar contra las retenciones a las exportaciones agropecuarias.Es cierto que todo tiene límites. Y la protesta de los jóvenes no puede ser una excepción. Pero se notó una reacción extemporánea, que recordó la actitud permanente del gobierno kirchnerista de poner en la vereda de los enemigos del sistema a quienes elevan voces de protesta.El Gobierno quedó atrapado en un callejón sin salida: si cede, cualquiera tomará escuelas para reclamar; si se mantiene irreductible, corre el riesgo de que todo se generalice y el conflicto se torne permanente. Tal vez los tiempos llegaron demasiado lejos. Impacto 2011. No fue mejor la actitud de la oposición, que creyó ver en este conflicto la oportunidad por llevarse puesto a un ministro como Grahovac, para exhibirlo como prenda de triunfo de una batalla en la que no participaron. Más allá del resultado final de este proceso, que está decantando en estas horas, lo más probable es que los jóvenes hayan logrado instalar a la educación en el eje de la campaña electoral en ciernes. Si José Manuel de la Sota esperaba volver a la arena política con un marketing cargado de recuerdos, como la construcción de mil escuelas, esta situación significará un traspié. Ya no podrá vender a los cordobeses esa condición, como está haciendo en algunas radios FM del interior respecto de su programa Plan Primer Paso para la incorporación de jóvenes al mercado laboral.Esto le da un baño de realidad: muchas escuelas nuevas, pero escaso o poco eficiente mantenimiento de las que ya existen.Quizá convenga volver el pasado un poco más atrás, para recordar que De la Sota le ganó las elecciones a Ramón Mestre a finales de la década de 1990, a partir del anuncio de una rebaja del 30 por ciento de los impuestos, pero también sobre el malestar social que provocó el gobernador radical cuando anunció un plan de reestructuración que cerraba escuelas y que le volvió en contra a docentes, padres y la Iglesia Católica.Los políticos de hoy deberían revisar sus viejos álbumes de fotos, cuando eran jóvenes y luchaban en las calles por lo que, con acierto o con errores, creían justo. Lo mismo que los chicos de hoy.

