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La experiencia del estudiante

Antes de encender una polémica sobre el voto adolescente, tendríamos que instrumentar leyes para sacar a los chicos de la pobreza cultural. Arnaldo Pérez Wat.

08 de octubre de 2012 a las 12:01 a. m.
Arnaldo Pérez Wat (Periodista)
La experiencia del estudiante

Refiere Platón, en su diálogo Protágoras , que Hipócrates, hijo de Apolodoro, corre emocionado a la casa de Sócrates para anunciarle: "Ha llegado Protágoras", pero que recibe una ducha fría cuando el maestro le dice que se trata de un sofista; esto es, de un revendedor de las mercaderías con las cuales se alimenta el alma.

Majestuosamente aparece el famoso Protágoras seguido por una larga hilera de admiradores.

Llegado al pórtico, el sofista gira de improviso sobre sus pies para volverse y los discípulos se apretujan detrás de él para poder seguir escuchándolo.

Dos milenios después, cuando estamos sentados en la sala de espera de un hospital, a veces vemos pasar a un adulto mayor en guardapolvos, caminando con prisa, y detrás de él a otros profesionales y a estudiantes siguiendo sus pasos. Entra en una sala.

Los seguidores se amontonarán alrededor de la cama del enfermo, del cual aquel explicará ciertos síntomas.

¿Y qué ocurrirá mañana?

Por ahora, el joven está sumergido en la sociedad de la inmediatez. Pero las grandes innovaciones de las ciencias exactas se dan en su mayoría hasta los 32 o 35 años de edad. Y lo que se aprende en tecnología puede variar en un futuro inmediato.

Muy rápido. La velocidad con la que avanzan las teorías en las ciencias naturales hará que los jóvenes tengan oportunidad de asesorar a los adultos sobre las nuevas aplicaciones de la cibernética en ciertas ramas, por ejemplo, de la medicina o de la comunicación.

Sin embargo, existe además otra clase de velocidad: la de la experiencia de vida. La experiencia que se obtiene frente a la pantalla puede depender del número de imágenes que desfilan por minuto ante la vista, pero ello no implica una garantía para realizar una vida plena.

Es un lugar común en la actual metodología filosófica aceptar que resulta muy raro encontrar a un filósofo joven, aunque George Berkeley (1685-1753) ya había gestado sus obras principales a los 25 años.

Se dice que los filósofos son niños grandes, pero se requiere madurez intelectual y experiencia para enunciar nuevas teorías éticas, estéticas, metafísicas, etcétera.

Sin embargo, en otros terrenos del saber, como el de la Lógica, la rapidez del cerebro joven tiene su ventaja.

Frente al estudiante, la mayoría imaginamos el mundo de maravillas que bulle en el corazón del efebo.

Pensamos en la vida interior de un ser que se abre hacia una sociedad que no es precisamente el reino de la seguridad.

En busca del bien común. Habremos dado un paso adelante sólo cuando en las estrategias de la enseñanza espiritual y en las bases éticas del conocimiento científico, por sobre los voceríos estridentes de las masas dirigidas por la pantalla, surja el esfuerzo mental del joven que se nutra de aquellas disciplinas que se orientan a solidificar el bien común.

Asimismo, antes de encender una polémica sobre si los adolescentes pueden votar a los 16 años, tendríamos que preguntarnos cómo instrumentar leyes para sacar a los chicos de la pobreza cultural en la que los tenemos inmersos.

Para que se cumpla esta superación de la humanidad, habrá que seguir bregando hasta lograr que las fuerzas económicas y el egoísmo de los gobernantes se abstengan de servirse del joven para sus intereses del momento.