Evangelio y sociedad
Se debe practicar la fe, vivir lo que se cree, para que la sociedad, por el ejemplo, sea conducida a los principios que aseguran una vida feliz. Daniel E. Annone.
Cuando el cristianismo llegó a la antigua Europa, encontró un panorama moral desalentador. El paganismo tenía en su panteón una multitud de dioses y a muchos de ellos ofrecían sacrificios humanos. Se vivía para el placer, al mejor estilo del filósofo ateniense Epicuro (300 A. C.), que pregonaba: "Comamos y bebamos, que mañana moriremos".
La prostitución de mujeres y de hombres era considerada sagrada. La familia era una parodia, ya que los hombres tenían una esposa para tener hijos, otra para cuidar la casa, otra para el placer y hasta un esclavo efebo para su lujuria. Los esclavos carecían de valor y en el circo romano las multitudes gozaban viendo la sangre de quienes debían luchar con los gladiadores y morir asesinados.
Los cristianos no participaban de estas lujuriosas fiestas paganas, no sacrificaban a sus hijos y se negaban a rendir culto al emperador, afirmando que sólo Jesucristo es el Señor. Las terribles persecuciones del imperio contra los cristianos llevaron a morir en las hogueras o en las fauces de los leones a miles de cristianos, mártires de su fe, ante multitudes que aplaudían con frenesí el espectáculo. La muerte de miles y miles es la muestra elocuente de la fe, convicción, firmeza y valor de esos primeros cristianos, que con su testimonio y valentía conquistaron el imperio sin más armas que la práctica de la fe, mostrada en vidas ejemplares que respaldaban la prédica del evangelio de Jesucristo. Tertuliano dijo: "La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos", quienes fueron verdaderos héroes y cambiaron a la sociedad venciendo con el bien al mal.
Desde entonces, el mundo occidental aprendió y practicó los grandes principios morales de la fe cristiana, abolió los sacrificios humanos, se revalorizó la vida de los niños, ancianos, discapacitados, esclavos, la mujer fue reconocida y dejó de ser un objeto sexual, se sancionaron leyes humanitarias y se consagró la libertad para todos. Dios estuvo presente en las constituciones y leyes de los países y una moral respetuosa de los derechos humanos acompañó a la humanidad por casi dos mil años.
Sacar a Dios. Hoy, la posmodernidad está haciendo grandes esfuerzos para sacar a Dios de todo lugar. Sacarlo de las leyes, de las escuelas y de la vida humana. La moral que bendijo al mundo está siendo ridiculizada, como si fuese un simple fanatismo religioso. Se lucha por imponer la más irrestricta libertad individual, por sobre el deber y la responsabilidad social.
"Hago lo que quiero", es el lema de muchos que queman sus vidas en el altar de la promiscuidad, el placer, el alcoholismo, las drogas, con las secuelas de inseguridad, muertes en las rutas y destrucción del cuerpo. Las palabras santidad, pureza, virginidad, mueven a risa. La honestidad es una rarísima virtud. La corrupción está generalizada y muchos políticos simplemente forman corporaciones para dominar y hacer negociados. La delincuencia es un medio de vida. Y hasta un juez dice que cuando se roba algo de poco valor, no es robo. La familia está en una alarmante decadencia; los hijos, en manos de terceros; la homosexualidad, aplaudida.
Vienen tiempos difíciles para quienes quieren ser fieles a su fe, pero hoy, como ayer, el mundo y Dios necesitan del valor de quienes están convencidos de su verdad y saben distinguir entre lo bueno y lo malo. Se debe practicar la fe, vivir lo que se cree, para que la sociedad, por el ejemplo, sea conducida a los principios que aseguran una vida verdaderamente feliz. Debemos vivir nuestra fe y predicarla con la certeza de que puede cambiar la sociedad y sus costumbres, con el poder de Jesucristo.
*Pastor evangélico, miembro Comipaz

