Ética de las profesiones y democracia
Este mundo común lo tenemos que construir, cuidar y administrar entre todos, porque sobre él descansan nuestras construcciones particulares.
Si observamos a nuestro alrededor, veremos que el ejercicio de determinadas actividades o profesiones presenta características, prácticas y regulaciones similares en todo el mundo.
Quizá ello no nos llame demasiado la atención ni amerite que le dediquemos un segundo más de nuestro valioso tiempo. “En 5 minutos llegará el último de los 20 pacientes que nos toca atender hoy”. “La mudanza del juzgado, la licencia del juez y el expediente que sé que fue archivado en el casillero que no corresponde le dará a mi cliente el tiempo que necesita para que se le licue la deuda. Además, mañana arranca la feria de enero, otros 30 días”.
Siguiendo a la filósofa española Adela Cortina, digo que detrás de estas profesiones existen ciertos bienes que ninguno que no sean estos cuerpos pueden proporcionarlos: medicina, abogacía, contaduría, ingeniería, etc.
Independientemente de quiénes sean las personas, estas actividades buscan un bien interno a ellas mismas. Son estos bienes, de una u otra manera imprescindibles para que una sociedad sea humana, los que dan sentido a la práctica. Y por ello mismo es que la gente da por buenas estas actividades y las considera legítimas.
Cuando hablamos de bienes, hablamos de salud y del bien del paciente; de educación y de transmitir cultura y conocimientos, formar personas críticas y autónomas; de justicia y de trabajar por una convivencia más justa, y así con todas las profesiones.
Cada profesión requiere determinadas aptitudes para su ejercicio y un particular interés por la meta que esa actividad concreta persigue.
Sin sensibilidad hacia el sufrimiento de la persona enferma, sin preocupación por transmitir el saber y formar en autonomía, sin afán por la justicia, no se puede ser buen médico, enfermera, docente o abogado.
Uno puede tener motivos muy diversos para elegir una profesión, desde ganar un sueldo para poder vivir hasta hacerse rico o ser famoso. Pero sea cual fuere su motivo personal, debe asumir también la meta que le da sentido a la profesión, por lo que un anestesista no puede justificar su actuar negligente, o un abogado, las chicanas de todos los días alegando que, en definitiva, entraron a la profesión para ganar dinero y no para promover la salud o para hacer posible una convivencia más justa.
Pero esto no es todo. El ámbito de las profesiones tradicionales fue democratizado. Organizaciones no gubernamentales profesionales, luchadores sociales profesionales, gremialistas profesionales. Además, futbolistas profesionales, cocineros profesionales, peluqueros profesionales, masajistas profesionales, gurúes de la autoayuda profesionales.
Hoy todos somos igual de profesionales que los demás, queremos que se reconozcan las particularidades de nuestras prácticas y se protejan nuestras respectivas incumbencias.
Finalmente, y profundizando esta tendencia, alcanzamos un último nivel de profesionalización: la de ciudadano. Nos fuimos transformando en expertos de nuestros derechos y así lo hacemos saber. Para los grupos minoritarios, discriminados y más débiles, fue realmente un alivio. Pero nos quedamos a mitad de camino.
Derechos, exigencias, reclamos, intereses personales. Si de chicos o de grandes nos enseñaran que todo lo que deseemos hacer en la vida lo tenemos que hacer en sociedad, interactuando con otros, construyendo nuestro mundo, que siempre es común, comprenderíamos que nuestras metas personales están siempre condicionadas a metas que nos vienen dadas y de las que no podemos escapar ni tiene sentido desconocer.
Qué significa: que este mundo común lo tenemos que construir, cuidar y administrar entre todos, porque sobre él descansan nuestras construcciones particulares.
Quien ingresa en una de estas actividades –abogado, médico o simple ciudadano– debería pensar muy bien, o alguien tendría que decirle, que no puede proponerse una meta cualquiera, sino que hay ciertas metas, ciertos bienes, que ya vienen dados y que son compartidos con una comunidad de profesionales-colegas o profesionales-ciudadanos que persiguen idénticas metas. Porque ello es lo que da sentido y legitimidad a la actividad. Luego sí vienen los intereses o motivos personales.
Como dice Cortina, cuando los motivos desplazan a las razones, cuando la arbitrariedad prevalece sobre los argumentos legítimos, la profesión se corrompe y deja de ofrecer los bienes que únicamente ella puede proporcionar para promover una vida humana digna. Pierde su auténtico sentido y legitimidad social. Lo mismo sucede con la sociedad, que se vuelve cada vez más violenta e injusta.
Si esto es lo que está sucediendo en la Argentina es hora de cambiar. Y de formarnos, en valores, en ciudadanía. No otros, sino nosotros, profesionales de las profesiones tradicionales y modernas del siglo 21 que necesitamos de manera urgente recibirnos de verdaderos ciudadanos, profesionales de la democracia.
* Secretario de Planificación Estratégica del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación

