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Estatuas, mitos y elecciones

Halperin Donghi echó un balde de agua fría sobre los removedores de estatuas y creadores de nuevos mitos nacionales, cuando en el país sobran lugares para estatuas y mitos. Julio César Moreno.

15 de octubre de 2011 a las 12:01 a. m.
Julio César Moreno (Periodista)
Estatuas, mitos y elecciones

A pocos días de una elección presidencial y de legisladores nacionales –y, en algunos casos, de gobernadores de provincia e intendentes–, los ciudadanos argentinos renuevan sus esperanzas en el futuro, algunos con más entusiasmo y otros con más escepticismo, pero todos valorando la continuidad de la democracia y el ejercicio del voto. El país lleva 28 años de democracia, el período más largo desde aquellas históricas elecciones de 1916, cuando en virtud de la ley Sáenz Peña de 1912, que instituía el voto obligatorio, secreto y controlado por las Fuerzas Armadas, se pasó de una democracia restringida o de elites a una democracia ampliada, en la que el principio de la soberanía popular y los valores republicanos se constituyeron en la base del sistema político y de la organización del Estado. En aquella oportunidad, Hipólito Yrigoyen, candidato de la Unión Cívica Radical, se impuso con una amplia mayoría. Fue sucedido por Marcelo T. de Alvear, también de la UCR, en 1922. Yrigoyen fue reelegido para un segundo mandato en 1928, pero fue derrocado por el golpe de Estado cívico-militar de septiembre de 1930, que inauguró un largo ciclo de golpes e interrupciones del orden constitucional. Y aquel período (1916-1930) quedó para la historia como una época de esplendor y sostenido progreso económico, cultural, social y educativo. Pero fue también una época de enfrentamientos y de violencia, que se expresaron en hechos como la Semana Trágica y la Patagonia Rebelde. Sin embargo, el balance general del período fue altamente positivo y hasta uno de los más encumbrados hombres del régimen conservador surgido de la revolución de 1930 –Matías Sánchez Sorondo– reconoció que ese golpe de Estado había sido un grave error histórico, cuyas consecuencias tuvieron que pagar las nuevas generaciones.De todos modos, habría que destacar que con la ley Sáenz Peña y la primera elección de Yrigoyen no hubo sólo una ruptura, un salto cualitativo, un cambio, sino también una línea de continuidad con el pasado argentino, con esa democracia de elites durante la cual se inició una etapa de grandes transformaciones y progreso, cuando el país se convirtió en "granero del mundo", dio nacimiento a una amplia y fuerte clase media y llegó a ocupar el primer lugar de América latina. Fue una época de próceres civiles, como Alberdi y Sarmiento, pero también de líderes militares. El gran historiador argentino Tulio Halperin Donghi dijo hace unos días a este diario, con la agudeza y el ingenio que lo caracterizan, que "hay una tradición que comienza con Bartolomé Mitre (1862-68) y se continúa con los generales Julio A. Roca (1880-86), Agustín P. Justo (1932-38) y Juan Domingo Perón (1946-55). Es la línea Mitre- Roca-Justo-Perón. El eje San Martín-Rosas-Perón también se compone de tres brigadieres, pero responde a una visión ideológica de la historia, que intenta encontrar culpables, buenos y malos, cuando la historia tiene protagonistas, hacedores, circunstancias, pero no culpables". Esto ha dicho Halperin Donghi hace poco en Córdoba, echando un balde de agua fría sobre los removedores de estatuas y creadores de nuevos mitos nacionales, cuando en el país sobran lugares para estatuas y mitos.Reflexionar sobre la historia es hacerlo sobre muchas cosas; también sobre elecciones, sobre el sentido del voto de cada uno, que es un voto libre, secreto y obligatorio, como decía la ley Sáenz Peña.