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Espacios de tiempo

Parece que esta orden divina apunta a poner el énfasis en que el sentido de la obra no es la obra en sí, sino quienes la llevan a cabo, el vínculo que se gesta entre ellos y el objetivo de la edificación. Marcelo Polakoff.

03 de julio de 2012 a las 12:01 a. m.
Marcelo Polakoff (Rabino, integrante del Comipaz)
Espacios de tiempo

"Los monumentos de piedra están llamados a desaparecer, los días del espíritu nunca mueren". Eso decía el rabino Abraham Joshua Heschel en el siglo pasado. Y agregaba: "La respuesta judía al problema de la civilización no es huir del reino del espacio; es trabajar con las cosas del espacio y estar enamorado de la eternidad". Hablemos, entonces, de espacios. Para ello, encaminémonos hacia la Torá para descubrir que la obra por antonomasia del texto bíblico es el mishkán ("tabernáculo"), una especie de templo móvil que acompañaba al pueblo hebreo en su periplo desértico y que luego sería la base de los planos del Beit Hamikdash , el Sagrado Templo de Jerusalén, a su vez foco de atención para toda futura sinagoga.Cuatro de las 54 porciones semanales que componen la lectura anual de la Torá están consagradas a la construcción del tabernáculo. No es poco, y menos aún si reparamos en los cientos de detalles que adornan su descripción, al punto de llegar a particularizar matemáticamente cantidades y dimensiones de materiales y todo lo necesario para emplazar aquella arcaica y nómade estructura.Tal vez en esa cualidad de impermanencia yazca parte del secreto de cómo abordar lo espacial en la tradición hebrea.Quizá en esa disponibilidad de desarme casi inmediato para facilitar la relocalización en otro sitio se susurre también cuál es el punto exacto donde se ubican las coordenadas de lo trascendente; un punto que –sospechamos– hallaremos fuera de ese tabernáculo."Me harán un santuario y residiré entre ellos" (Éxodo 25:8). Tal es la orden para su hechura. La consigna suena sencilla. No lo es.Es que el mandato divino apunta a que el pueblo judío, recién salido de la esclavitud en Egipto, se convierta en un equipo de construcción, pero de modo distinto del que estaba acostumbrado en las últimas centurias.No olvidemos que la tarea esencial de los judíos como esclavos tenía que ver con la construcción.Parece ser que esta orden divina apunta a poner el énfasis en que el sentido de la obra no es la obra en sí, sino quienes la llevan a cabo, el vínculo que se gesta entre ellos y el objetivo de la edificación, entre otros ítems.No contrastar la obra de las pirámides con la del tabernáculo es pasar por alto una de las ironías más iluminadoras del texto de la Torá. Tan sólo apreciando hoy cómo los siglos han descorrido los velos de lo que trasciende, podemos reconocer qué civilización priorizó los ladrillos y cuál apostó a lo intangible.De una de ellas quedan sólo museos y monumentos. La otra vive y existe sólo con los restos de un pedazo de una pared externa de lo que otrora fue un gran templo...Por eso, no es de extrañar que cuando repasamos el versículo que introduce la idea de la construcción de una "proto sinagoga" nos llame la atención que, en lugar de decir "Me harán un santuario y residiré en él" (lo cual sonaría más adecuado), el texto señala: "Me harán un santuario y residiré entre ellos".La insistencia en que la residencia de lo divino no se concentra en un espacio específico es un dato esencial a la hora de advertir –casualmente– por donde pasa lo esencial.Pareciera que en este precepto hay una intención de señalar que la residencia de lo trascendente excede lo material. De esta forma, adquiriría más relevancia el acto de la construcción que la construcción en sí.La sacralidad del santuario se traslada más allá de sí mismo, pues yace entre la gente.Por ello, cuando pase por una sinagoga, no olvide que su denominación hebrea es beit hakneset , que puede traducirse literalmente como "casa de asamblea".Suele ser sano que importe más la asamblea que la casa.