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Es verdad que la corrupción mata

Una tierra de progreso que fue admiración del mundo, al crimen organizado agrega hoy el “crimen de­sorganizado”: vecinos que saquean a sus vecinos.

13 de octubre de 2014 a las 12:02 a. m.
Arnaldo Pérez Wat (Periodista)
Es verdad que la corrupción mata

En nuestro país, con la viveza criolla, un ingenio desperdiciado en perjudicarse unos a otros, y los funcionarios especialistas en el negocio de los pelones y el dolo, hemos llegado a desorientar a los observadores del exterior y más específicamente a los capos de la droga de EE.UU. y Europa. La corrupción y la impunidad ya están instaladas. Pero algunos nos miran como país de tránsito y otros como productor, habida cuenta de que, atendiendo a los barrios, ya hemos aprobado el examen de consumidor.Este gran aparato existe porque lo permite el poder y una parte de la población; y por la necesidad de subsistir que tienen los marginados. Estos se encuentran en los países donde el dinero procedente del tráfico de drogas aparece como una salvación cuando el sistema oficial elude la responsabilidad que le cabe en la educación pública y en la lucha contra la pobreza.Si contabilizamos, por un lado, los muertos por la delincuencia, y por el otro, los que han caído en tragedias del tránsito, circunstancias que también constituyen un delito, toda vez que se trató de siniestros evitables, en tales casos, tendremos que aceptar que los gobernantes que avalan con silencio estos crímenes merecen ser desposeídos de sus cargos y de ese blindaje jurídico que los exime de ser juzgados, no sólo por corrupción, sino también por atentados contra la población.Si sumamos a las víctimas de la inseguridad, cuya mayoría proviene de los sectores más vulnerables, habrá que colegir que el ciudadano –que todavía lucha a diario con honradez en su trabajo– tiene sobrada razón para vivir atemorizado.Porque una cosa es hablar en el bar del proceder de la "pesada" que mata impunemente, y otra cuando a uno le toca vivir la desgracia en su propia familia. Y, sobre eso, tener que vivir al lado de los victimarios apañados por un Estado que no sólo mira para el costado, sino que todavía les reduce las penas a un mínimo, ideando distinta formas de excarcelación.En nuestro país –otrora un paraíso para el inmigrante, por su riqueza y su vida pacífica–, muchas personas llegaban al final de sus vidas sin haber escuchado nunca el estampido de una bala. Argentina era una tierra de progreso que fue admiración del mundo, al crimen organizado agrega hoy el "crimen desorganizado": vecinos que saquean a sus propios vecinos, y vecinos que en grupos sin orden matan a delincuentes.Es notable cómo distintos medios de comunicación relatan el accionar de la corrupción y la impunidad en un pueblo que parece marchar en silencio con resignada aceptación, al extremo de que el asesinato y el robo sistemáticos no logran conmoverlo.Es bueno meditar sobre dicha claudicación, que sin duda resulta útil a la corrupción que se adueña del poder reforzando el aparato del Estado; al punto de que para conseguir su objetivo, llega a dejar a los niños sin educación y sin alimentos en algunas provincias.A menudo escuchamos decir que el camino de la Historia enseña que, cuanto más grande es la máquina del poder, mayor es la cantidad de criaturas aplastadas por sus ruedas.Habrá, pues, que seguir bregando, con la esperanza de que, en este siglo, las ciencias sociales, de la mano con las humanidades, recuperarán terreno apoyándose en la educación.Nacerá entonces la convicción de que, así como una nación no puede esclavizar a otra, tampoco la corrupción logrará adueñarse de la vida del prójimo, porque un pedestal levantado sobre la sangre del pueblo, además de conducir a la infelicidad, no logrará jamás mantenerse indefinidamente en pie.