Días contados. Es talle único, pero se estira
Recorrer las calles de Nueva Córdoba en busca de ropa puede transformarse en una experiencia muy frustrante y sentir que se vive un déjà vu sin fin.
Pasaron casi 10 años y aún recuerdo la odisea que significaba ir con mi mamá a barrio Nueva Córdoba, en la Capital provincial, en busca de ropa para las fiestas de 15. Parecía simple, pero se transformaba en un desafío que tomaba horas.
Todavía recuerdo la frustración que sentía, con tan sólo 14 años, al notar que la mayoría de las prendas no me quedaban como debían hacerlo… o como yo esperaba.
La imagen sigue vívida en mi mente: a veces hasta lloraba pensando “¿cómo no va a haber un talle M o L en ninguna parte?”
Mi mamá se ponía triste por mí y nos íbamos a casa con las manos vacías, después de haber entrado a cada local de la calle San Lorenzo.
Con los años, parece que sigo ante el mismo escenario y los mismos mandatos escondidos en un pedazo de tela.
Experiencia frustrante
Hoy suelo pasar por esos lugares en busca de ropa más o menos accesible y encuentro muchas prendas que me gustan y que proyecto en mi cuerpo, ya pensando con qué las combinaría. Sin embargo, de una forma u otra la experiencia se vuelve frustrante.
Ante el clásico dicho de las vendedoras (pobres, ellas no tienen la culpa), que es algo como “es talle único, pero se estira”, entro al probador, no sin antes hacer una aclaración: “Ya sé que no me va a entrar, pero por las dudas intento”.
Efectivamente, ninguna de las prendas que pasaron ese filtro me entraron. Quizá debería resignarme y ni siquiera enfrentarme al bajonazo que siento cuando la historia termina así.
El otro día, después de varios meses, volví al barrio para “chusmear” con una amiga y, pese a repetir para mis adentros “esto no es culpa tuya”, saber que nada de aquello que era lindo y se ajustaba a mi presupuesto me iba a entrar o quedar cómodo me angustió bastante.
De nuevo ese sentimiento, sólo que con 22, y con mi amiga en vez de mi vieja. Todas esas sensaciones volvieron a mí: bronca y desilusión por ansiar un cambio en el sistema, que nunca llegó.
Tras exteriorizarlo, ella me miró y suspiró: “Amiga, a mí siguen sin entrarme las cosas; es increíble”. Para no arruinarnos la tarde, seguimos viaje y nos sentamos a tomar un café.
Pero no dejé de rumiar en torno de aquella situación todo el fin de semana.
En términos generales, mi experiencia en el secundario fue bastante agradable. De todas formas, siempre estuvo atravesada por los estereotipos de aquellos cuerpos que se configuraban como los “deseables”.
Con la misma amiga, nos pasábamos dietas keto, planes de gimnasio, envidiábamos metabolismos ajenos y, obvio, entre nosotras, compartíamos la poca ropa para salir que teníamos.
Toda esa crueldad depositada en cuerpos de adolescentes de 14 y 15 años.
Unos años después viajamos al exterior y quedamos maravilladas con la variedad de talles que encontramos. Sentimos que valía la pena gastar nuestros escasos ahorros en un par de tops que nos hicieran sentir lindas y sexis o, sencillamente, a gusto en nuestra propia piel. De hecho hoy, a cuatro años de aquel viaje, seguimos hablando sobre ese momento. Quizá somos exageradas; no sé.
A la espera de un cambio
Confío en que el amor propio se construye. No creo que haya sido en vano el surgimiento de movimientos body positive a nivel mundial o las campañas en Argentina como “Hermana, soltá la panza”.
También agradezco la popularidad que tomó en el último tiempo otorgarle la debida importancia a la salud mental, pero sigo creyendo que hay algo estructural y social que aún no termina de cerrarse.
De hecho, existe la ley de Talles, que en teoría busca que la ropa que se vende en el país ofrezca un rango de talles amplio y estandarizado, que se ajuste a distintos tipos de cuerpos.
Desde su reglamentación, en 2021, no se implementó por completo y las organizaciones sociales siguen pidiendo para que se cumpla. Creo que de nada sirven estas medidas si no representan un cambio significativo.
Pensando en el tan necesario cambio de paradigma, y como si me hubieran leído la mente, en la última reunión familiar de domingo hablamos sobre opinar de cuerpos ajenos y alguno dijo: “Ahora no se puede decir ni que estás flaca, ni linda, ni gorda, ni fea… ¿Qué se supone que sí se puede?”
Aunque traté de quedarme en el molde, porque todos sabemos que esas discusiones entre parientes terminan a los gritos, lancé: “Pero vos no sabés qué le está pasando a esa persona, si está ‘gorda’ o ‘flaca’ porque quiere o por alguna otra razón, o si está acomplejada por alguna de esas razones”.
Sorpresivamente, mi comentario no tuvo trascendencia ni repercusión y pronto cambiamos de tema. Tampoco creo haber modificado el pensamiento de nadie.
Sigo oyendo a diario opiniones sobre cuerpos ajenos. Es un poco irritante que sigan haciendo bromas al respecto, como si reaccionar ante ese tipo de comentarios representara sensibilidad, susceptibilidad o exageración.
Entiendo que no es de mala fe (o sí), pero estoy bastante segura de que esos hábitos siguen influyendo en las maneras en las que construimos y percibimos nuestro propio cuerpo.
Creo que la vestimenta es un canal de expresión, una forma de crear identidad, de jugar a quien queremos ser, de encontrar algo tangible que nos ayude a amarnos más a nosotros mismos.
Deseo realmente que las nuevas generaciones atraviesen sus adolescencias y juventudes más libres, con menos construcciones sociales y mandatos en torno de la belleza.
También espero, en unos años, poder comprarme ropa en cualquier negocio de la San Lorenzo.

