Es lo mismo ser derecho que traidor
Entre el 27 de marzo de 1901 y el 23 de diciembre de 1951 se desarrolló una vida porteña sin los límites de la ciudad a orillas del Río de la Plata. Efraín U. Bischoff.
Entre el 27 de marzo de 1901 y el 23 de diciembre de 1951 se desarrolló una vida porteña sin los límites de la ciudad a orillas del Río de la Plata, porque con su pensamiento, erudición y gestos frente a la sociedad, conquistaría admiración y aplauso en todo el territorio nacional. Esa existencia fue la de Enrique Santos Discépolo. En el hogar de inmigrantes italianos donde vio la luz, aprendió muchas cosas, que luego reflejaría en su obra literaria.
Otro personaje de su misma hebra, Armando, nacido también en Buenos Aires, el 18 de agosto de 1887, rivalizaría en sus escenificaciones, aunque derramó en sus obras teatrales otro camino, como haciendo competencia sin decirlo al actor Pablo Podestá, quien en 1910 estrenó su libreto inicial titulado Entre el hierro.
Lo dejamos a ese Armando Discépolo conquistando nombradía para cuando otra oportunidad nos tironee su recuerdo, y nos quedamos frente a Enrique Santos, añorando lo fugaz de haberlo visto hace largas décadas en algún tablado cordobés, y respondiendo a los interrogatorios periodísticos con la misma actitud campechana de sus escenas.
Enrique Santos no se entretenía en mirar cómo otros intérpretes le daban más bríos a sus frases, sino que también tenía vocación por escribirlas y luego decirlas con tonalidad muy propia, sin dejar de contemplar la sociedad en la cual vivía. Tenía, asimismo, una aliada nunca traicionera, como fue la música, y él sabía entrelazarla con las palabras, con las cuales salpimentaba el camino del éxito. Y lo hacía desde el título hasta la última línea de sus estrofas.
Bien vale no buscar cronología en sus títulos, porque todos atrapan como haciendo contrafigura al texto. Son los casos de Esta noche me emborracho y Uno, colocándose con temblores la nostalgia en su Carillón de La Merced y Confesión.
No era Enrique Santos para quedarse de brazos cruzados, ni tampoco lo fue en sus delirios personales, dejando en ambos terrenos un anecdotario impresionante, comprendido por todos muy bien desde el estreno en el Teatro Nacional de la Capital Federal, de su primera obra dramática titulada Los duendes.
Quienes lo tenían en cercanía sabían de su inquietud permanente y de su espíritu amplio para recibir la colaboración de algún otro colega. No tenía empacho en poner su apelativo brillante junto al de otro que recién estaba buscando luz. Se llenó de alegría cuando su hermano
Armando escribió El organito. Otros autores pudieron participar de su triunfo y se aproximaban a él porque sabían de su conocimiento de todos los secretos para que el público no dejara de aplaudir al caer el telón en la representación de sus obras, como es el caso de su obra Mateo.
Muchas de sus espontáneas apreciaciones de la vida que lo rodeaba en el tumulto de la gran Capital corrían inmediatamente para instalarse en el hablar de la gente de los suburbios y también en el de la alta alcurnia. Ninguna de sus letras quedó a la sombra del olvido y aunque sean a pedazos, aparecen sus vitales calificaciones. ¿O acaso han perdido categoría y brillo aquellas palabras suyas subrayando que “es lo mismo ser derecho que traidor”? También viene a la memoria su decir de que “es lo mismo un burro que un gran profesor”.
Las malas palabras lo sobresaltaban y prefería conquistar el aplauso con la intencionalidad de sus parrafadas. Así era Enrique Santos Discépolo y sigue siéndolo a pesar de que los tiempos cambian y los audaces aparecen a la vuelta de cada esquina en la literatura y en el accionar cotidiano.

