Entre diplomáticos y políticos
Si Aladino nos dotara de un raro ejemplar político que cumpliese todas sus promesas, ello resultaría una conspiración moral contra la Argentina.
Si hay que escribir una historia de la diplomacia, se impone estudiar la historia completa de la civilización de muchos estados. Pero como sólo hay un hombre cada millón que comprende de forma cabal la situación política del mundo, se colige que, si uno encuentra diplomáticos por todas partes, es porque estos son bastante "diplomáticos". Si ampliamos el entrecomillado, se entiende por diplomático a un hombre que si es soltero alaba la vida del matrimonio. Y si es casado, puede ser un individuo que convence a su esposa de que, para mantener la buena imagen del negocio, es conveniente tener una secretaria joven y hermosa.Ello nos recuerda la anécdota de aquel diplomático sapientísimo, excelente, que sin error cumplía todas sus misiones. Pero se cansó de la vida. Estaba del otro lado de la baranda de un gran puente dispuesto a tirarse al agua cuando un policía le gritó que no debía hacer eso.–¿Y por qué no? –contestó. Y se pusieron a discutir. A los 10 minutos, se arrojaron los dos al río.Si Aladino con su lámpara maravillosa nos dotara de un raro ejemplar político que cumpliese todas sus promesas, ello resultaría una conspiración moral contra la Argentina.Cuando volvió la democracia, la mayoría de los partidos pregonaba en sus campañas electorales tres cosas que sabían que jamás podrían cumplir: solucionar el problema de la educación, la salud y la vivienda o pobreza. Y para las próximas elecciones, para variar, la mayoría prometerá otras tres utópicas empresas: eliminar la inseguridad, la drogadicción y las mafias.En realidad, cuando se está en la oposición, se exige al poder cosas imposibles de obtener, porque si se exigiesen cosas fáciles, dejaría de haber oposición. Y cuanto más difícil resulta solucionar un problema, más políticos se hallan en la oposición que se creen capaces de ofrecer una solución.Además, si un político pasa de la oposición al poder, una vez en el sillón, cuando realiza algo sencillo, procura hacer ver que no fue nada sencillo.Al empleado de comercio, se le advierte: "El cliente siempre tiene razón". (En la colimba nos repetían: "El superior siempre tiene razón, y más cuando no la tiene"). Pero la vendedora resultaba más diplomática cuando, sonriendo, decía: "Le cuento...". Allí nos notificaba que no nos iban a cambiar el producto que habíamos adquirido, o que cualquier reclamo similar era inútil.Dicha empleada fue diplomática en el sentido que la Real Academia reserva para el término en el lenguaje popular; esto es, cortesía aparente o interesada. Y, como si ello fuese poco, en cuarta acepción, dicha institución añade al significado de diplomático: habilidad, sagacidad y disimulo.Según Will Durant, no decir nada, especialmente cuando se habla, es la mitad de la diplomacia. Will Roger lo expresa de otra manera: "El lenguaje diplomático tiene 100 maneras de no decir nada y ninguna manera de decir algo". De aquí podemos deducir que el diplomático, antes de callarse, cuenta hasta 10. Y que si se le pregunta cuál es su color preferido, contesta: "A cuadros".Hay otros más escépticos o mordaces, como Jean de La Bruyère: "Todas las miras de un embajador tienden a un solo fin: el de no dejarse engañar y engañar a los demás".Concluyendo: si tomamos en serio a estos autores, debemos conceder que el que ama mucho la verdad no será nunca un buen político ni un buen diplomático. Y un hombre es digno cuando expresa sus verdades ostentando sentimientos nobles. Ergo, nos queda pendiente el tema de la dignidad en la política.

