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Fe. En tiempos inciertos, una voz de esperanza

No podemos callar cuando hay tanto por sanar.

04 de agosto de 2025 a las 09:22 p. m.
María Pedicino Keuroghlian*
En tiempos inciertos, una voz de esperanza
En tiempos inciertos, una voz de esperanza.

En medio del vértigo de la actualidad, donde las noticias se suceden con una velocidad implacable y los ánimos sociales se tensan como cuerdas al borde de romperse, me atrevo a escribir desde un lugar distinto. No desde la urgencia del análisis político ni desde la lógica del escándalo, sino desde la hondura del espíritu. Desde el silencio que escucha. Desde la fe que resiste. Desde el amor que sana.

Como parte de la Iglesia Apostólica Armenia –la primera nación en abrazar el Evangelio como fe del pueblo, y una de las más antiguas en padecer por él–, he aprendido que la historia no se reduce a titulares. Hay otra historia, silenciosa pero constante, tejida en la fidelidad de quienes no se rinden. Una historia de consuelo en medio del dolor, de servicio en medio de la indiferencia, de luz en medio de las sombras.

Hoy, cuando tantos hermanos y hermanas viven con miedo, con angustia, con la sensación de estar a la intemperie –económica, emocional, espiritual–, creo que es tiempo de recordar que hay una llama que no se apaga. No es la llama del poder ni del éxito, sino la del amor que se entrega. La del Evangelio encarnado en lo pequeño: una oración al amanecer, una mano tendida, una mesa compartida, una sonrisa cómplice.

La Iglesia no tiene soluciones mágicas. Pero tiene algo aún más valioso: una memoria de esperanza. En cada piedra de nuestras iglesias milenarias, en cada cruz tallada por manos perseguidas pero firmes, late el testimonio de que la vida, aún herida, puede florecer.

La fe no nos separa del mundo; nos compromete con él. Nos llama a ser puentes, no trincheras. A caminar con los que duelen, sin arrogancia ni superioridad, sino con compromiso firme y presencia serena.

No podemos callar cuando hay tanto por sanar. No podemos ser espectadores cuando el prójimo sangra. En un mundo que grita, el cristiano está llamado a ser una voz distinta: firme pero humilde, comprometida pero pacífica. Una voz de esperanza.

Les comparto una oración del siglo XII de San Nerses el Agraciado, teólogo armenio: “Sabiduría del Padre, Jesús, dadme la sabiduría para que pueda en presencia tuya siempre pensar, hablar, y obrar el bien; y líbrame de pensamientos, palabras, y obras malas. Ten misericordia de tus criaturas, y de mi gran pecador. Amén”.

Iglesia apostólica Armenia, integrante del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)