En la primavera, animarse a ser humanos
Sus colores cuelgan sobre las veredas, su aliento alivia el peso de los pasos y desabriga pieles: la vitalidad se desnuda al sol. Alejandro Marecco.
Sus colores cuelgan sobre las veredas, su aliento alivia el peso de los pasos y desabriga pieles: la vitalidad se desnuda al sol. Mirarla, olerla, respirarla, oírla… la primavera es explosivamente bella en los sentidos más urgentes. Los sentidos nos dan el placer de espiarla en las sensaciones, pero no somos ajenos sino que pertenecemos, somos la misma naturaleza que nos contiene: la primavera no es sólo para ver qué sucede afuera, sino también adentro: es un poder que conmueve célula por célula. La primavera es sobre todo de los jóvenes porque es el revuelo de las hormonas frescas, de la naturaleza que busca más, que proyecta su futuro, su eternidad en el esplendor de los cuerpos mortales. Mientras, siempre hay abismos entre generaciones, más o menos profundos. Los desafíos adolescentes se parecen: abrirse un camino de identidad en el mundo que ya está planteado de una manera cuando ingresan a la vida. Los matices de esa batalla son los que cambian con el tiempo, y a veces los cambios son tan significativos, que la distancia se agranda. Las búsquedas, ya sea de una u otra época, están marcadas de las circunstancias y de los valores históricos. Eso hace muchas veces que las experiencias sean únicas y que no puedan ser transferibles. Es decir, lo que costó tanto empeño en un momento, lo que marcó el estigma de una generación, puede ser absolutamente distinto después. Pero también es lo que hace que el aprendizaje vital de unos, más tarde, pueda ser una receta que ayude a los que vienen. Los jóvenes de tiempo, aquí, en este lugar del mundo, se enfrentan a circunstancias muy distintas a las de un par de décadas atrás. La ciudad de Córdoba, por ejemplo, tiene hoy condiciones de asfixiante urbanidad (violencia, inseguridad, sida), en las que seguro se hace más difícil resolver las historias personales. Es decir, aunque ya esté escrito y considerado lo que le pasa a los jóvenes, la aventura de serlo es única e irrepetible. Así, los códigos de hoy parecen ser más duros de los que conocimos en otro tiempo, al menos cuando se trata de entrever la manera de encontrar un lugar (excluyendo, claro, los estropicios que hizo la dictadura con las historias colectivas y personales). A esto, hay que sumarle la falta de claridad en la decisión del conjunto para asumir un proyecto de sociedad argentina que hace complicado el derrotero de grandes y chicos. La primavera es de verdad (“Debes creer en la primavera”, toca en el piano Bill Evans), pero acaso al cabo de tantas primaveras, los que hemos sido adolescentes sabemos que hemos demandado (soñado) el mundo de la verdad, donde no se mienta, no se finja, no se simule ni que la gente se vende por sí misma los ojos. Aún no lo hemos logrado, pero será en una primavera de estas, si es que nos animamos a ser humanos.

