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El viejo y la muerte

Sobre Fidel Castro. No fue el último revolucionario: fue uno de los sobresalientes de un siglo en el que muchos soñadores se atrevieron a ser reales.

04 de diciembre de 2016 a las 12:01 a. m.
El viejo y  la muerte

Lenta y serena, como cae la última hoja seca de un árbol que tuvo antes tantas otras verdes, vigorosas, ansiosas de sol. Así fue su muerte, irremediable como el invierno. El viejo revolucionario murió de puro viejo nomás. No hubo muerte más esperada, deseada por tantos que lo aborrecieron, por tantos irritados por su porfiada rebeldía; pero también temida, presentida de dolor por tantos que lo amaron, que vieron en la chispa de su existencia una luz para poder concebir un acuerdo distinto entre los hombres y los pueblos. No cayó de un balazo ni se despedazó en un estallido, ni se retorció al cabo de tragar un bocado de arroz con cianuro, como tantos lo planearon (dicen que más de 600 veces). Ni fue linchado por la reacción de un pueblo sometido, ni arrumbado por una derrota política. Su victoria fue hasta siempre (el siempre que cabe en una vida y en el presente de un pueblo). Una enorme legión de países (incluido el nuestro) saludó su figura con respeto y envió condolencias a su pueblo. La imagen de monstruo devorador de niños parece haber flaqueado sus fuerzas, tal vez en consonancia con las huellas del tiempo en el viejo revolucionario. En ese sentido, quizá en algo influyó la inmensa sonrisa que Francisco le dedicó en aquella visita de septiembre de 2015. El gesto (los códigos de la gestualidad del Papa no parecen azarosos) se detuvo en una foto que vio el mundo. Millones de cubanos salieron a las calles y a los caminos a estremecerse de patria y destino frente al paso de sus restos en la caravana que atravesó la isla hasta llegar a Santiago de Cuba, allí donde amaneció la Revolución y el mito. Las multitudes suelen tener razones que muchas veces los buscadores de razones pierden de vista. Mientras tanto, en algunas esquinas de Miami se celebraba, por fin, la voluntad del final. No había en esta tierra y en este instante ningún hijo de este planeta tan cargado de leyendas y pasiones, tan universal que haya sido capaz de hacerse desde su pequeña y frágil isla al acecho de huracanes y de un vecino gigante. No fue el último revolucionario: fue uno de los sobresalientes de un siglo en el que muchos soñadores se atrevieron a ser reales. Y aquellas preguntas que hizo en las Naciones Unidas, al hablar en nombre de los millones que mueren por hambre, por enfermedades que pueden curarse, de los analfabetos, quedarán como un eco inapagable: “¿Para qué sirve entonces la civilización? ¿Para qué sirve la conciencia del hombre?”.